Potencialmente todos disponemos de una naturaleza búdica

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Potencialmente todos disponemos de una naturaleza búdica que podemos desarrollar. En principio todo ser humano puede realizar su budeidad y alcanzar ese estado que se llama Nirvana y que no puede ser reducido a las palabras o conceptos, pero del que se puede decir que representa la definitiva libertad interior, en cuanto a aquel que lo obtiene salta más allá del ego y se realiza, intuitivamente, la impersonalidad.

Se nos dice que ha habido varios budas, es decir, seres humanos que han despertado y conseguido la completa iluminación, y se nos dice que, sin duda, otros budas habrán de venir. Por otra parte, cabe pensar en la existencia de hombres que en distintas épocas y latitudes hayan realizado su budeidad y se hayan mantenido en el anonimato. Tal no es el caso de Siddharta Gautama el Buda que, indiscutiblemente, es uno de los más sagaces investigadores del sufrimiento humano. Buscador genuino, gigante espiritual capaz de haber cortado los lazos emocionales y sociales para abocarse a una aventura interior sin tregua, implacable indagador de las dimensiones internas, Siddharta Gautama el Buda conquistó la experiencia nirvánica después de un arduo trabajo sobre sí mismo y, por un sentimiento de infinita y profunda compasión, invirtió el resto de su dilatada vida en mostrar a los demás las verdades de orden superior que él había rescatado.

Invitó al ser humano a investigar en la naturaleza de la existencia (con sus tres características de impermanencia, sufrimiento e impersonalidad), a constatar sus Cuatro Nobles Verdades (el sufrimiento, la causa del sufrimiento, el cese del sufrimiento y el camino para que el sufrimiento pueda cesar), a seguir el Noble Camino Óctuple y hacer posible su iluminación. Todo hombre es su propio maestro y su propio discípulo; todo hombre puede encender su lámpara interior. Reaccionó contra el rígido brahmanismo y el asfixiante ritual, y supo, como pocos fundadores de grandes movimientos espirituales, valorar al hombre y sus posibilidades. Sí, es un hecho ineludible el del sufrimiento universal, pero el hombre está capacitado para evitar mucho de este sufrimiento y aún todo él si logra convertirse en un Buda, en un iluminado. Jamás se presentó como una divinidad. Era simplemente un hombre despierto después de años de un sobreesfuerzo extraordinario para conquistar su naturaleza iluminada. Y era, por supuesto, un médico de la mente. Diagnosticó la enfermedad: el sufrimiento; explicó su causa y expuso los métodos (disciplina moral y mental) para explicar su bienestar. Respetó siempre la inteligencia del individuo y apeló a ella. Son suyas las siguientes palabras: “No aceptéis nada que os llegue por mero testimonio. No aceptéis nada por mera tradición. No aceptéis nada por meros rumores. No aceptéis nada por meras suposición. No aceptéis nada por inferencia. No aceptéis nada por la mera consideración de las razones. No aceptéis nada por porque meramente concuerde con vuestros conceptos preconcebidos. No aceptéis nada porque parezca aceptable. No aceptéis nada porque penséis que el asceta que lo dice es respetable para vosotros. Pero cuando sepáis por vosotros mismos que estas cosas son inmorales, que esas cosas son condenables, que estas cosos son censuradas por los sabios, que estas cosas cuando se emprenden y llevan a cabo, conducen a la ruina y al dolor, entonces, en verdad, rechazadlas. Cuando sepáis por vosotros mismos que estas cosas son morales, que estas cosas no son condenables, que estas cosas con condenables, que estas cosas son ensalzadas por los sabios, que estas cosas cuando se emprenden y se llevan a cabo, conducen a bienestar y la felicidad, entonces vivid y actuad de acuerdo con ellas”.

El Buda mostró el Sendero del Medio. Dijo así: ay dos extremos, los cuales debe desconocer todo aquel que se encuentre decidido a llevar una recta vida espiritual. ¿Cuáles son estos dos extremos? Uno de ellos, el llevar una vida dedicada al placer terrenal, lo cual es totalmente indigno, vano e innoble: el otro abandonar el propio cuerpo y castigarlo cruelmente, lo cual es amargo y no deja de ser igualmente vano e innoble. De tales extremos el realizado permanece apartado, lo que le ha llevado a descubrir el sendero que ilumina el espíritu, que conduce al reposo, a la realización, al nirvana”.

El Buda es un prototipo de hombre que ha alcanzado la realización por sí mismo, un ejemplo, un estímulo. No dejó ningún sucesor y, sin embargo, su enseñanza se extendió por la gran mayoría de los países del Asia. Es religión (“sui generis”), filosofía, forma de vida, actitud vital. Es, sobre todo, un camino práctico y realista hacia la Liberación. Desde hace décadas su interés es creciente en la mayoría de los países de Occidente, tanto en su versión Theravada, como Mahayana y Tantrayana. Su rica y penetrante psicología ha despertado la atención de los psicólogos, psicoanalista e investigadores de la mente humana en general. La Escuela Zen (originaria en China y perpetuada en Japón) ha causado desde hace años un verdadero impacto en la mente de los jóvenes occidentales y de no poco pensadores, eruditos y especialistas de diversas materias. Como explico en mi obra YOGA, ZEN Y CONTROL PSICOSOMÁTICO: “El Zen es la vida natural, consciente sin artificios, sin interferencias psicomentales.

Es el vivir cotidiano, de instante en instante, captando la existencia en su fluir momentáneo, con mente nueva y libre de encadenamientos conceptuales. Se sitúa más allá de toda filosofía, todo culto, todo sistema, toda ideología. Busca el desarrollo de una mente capaz de adecuarse en espontánea y fresca precisión a las circunstancias, siempre renovada y receptiva, alerta, habitado por encima del conflicto y de la contradicción.

Una mente directa que penetre en la intimidad de las cosas, que encuentre las reconfortantes conexiones de las partes con el todo, que se mantenga libre de filtros, de prejuicios, de ideas preconcebidas, de conceptos condicionantes”.

Y por una mente así aboga la obra, breve pero excelente, sencilla y encantadora, que ahora Ediciones Cedel presenta al lector. Una obra que dice las cosas con deliciosa naturalidad, que se lee con increíble facilidad pero que invita a ser releída y meditada, que hace hincapié en la atención mental alerta, porque ella, indudablemente, enriquece la vida interior y es centinela y guardián de la mente. Una obra que muestra la forma de realizarse en la vida de cada día (tanto en las circunstancias fáciles como en las difíciles), en cualquier tarea o labor (porque ninguna es insignificante si la atención mental está despierta).

Recuerde esa anécdota Zen en la que discípulo pregunta al Maestro sobre la verdad y éste responde: “La vida de cada día”. El discípulo replica: “En la vida de cada día sólo se aprecia eso: la vida vulgar y corriente de cada día, pero la verdad no se ve por ningún lado”. Y el maestro concluye: “Ahí está la diferencia, en que unos la ven y otros no”.

Y ahí está la diferencia: en que unos son capaces de lavar platos para lavar platos y después de su taza de té, y otros no. Si usted no me entiende, lea la obra y me comprenderá y logrará estar más cerca de la vida y de usted mismo.


Thich Naht Hanh
PRÓLOGO A LA VERSIÓN CASTELLANA RAMIRO A CALLE
(Profesor de Yoga de la Universidad Autónoma y de Aulas de la Tercera Edad.
Director del Centro de Yoga SHADAK)
Extracto de: Como lograr el milagro de vivir despierto

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