Una técnica de autoanálisis. I

Varios/Otros


Sentado cómodamente en una silla, o postrado en una alfombra a la moda oriental, respirando quieta y rítmicamente, ciérrese los ojos y déjese que el pensamiento vague sobre la cuestión de lo que se es realmente.

Se está a punto de emprender la gran aventura de la propia investigación.

La clave del éxito está en pensar lentamente. Se debe disminuir al máximo la rueda del pensamiento; consiguientemente, no podrá él ir de una cosa a otra, como lo hacía antes. Piénsese pausadamente. Luego formúlese las palabras mentalmente, con gran cuidado y precisión. Elíjase y selecciónese cada palabra con precisión. Haciéndose así se clarificará el pensamiento, porque no se podrá hallar una frase clara y definitiva hasta que no se lo haya hecho así.

En primer lugar, obsérvese el trabajo del intelecto. Obsérvese cómo los pensamientos se suceden unos a otros en una Interminable secuencia. Entonces trate de comprender que es otro el que piensa de ese modo. Pregúntese a continuación:

—¿Quién es este pensador?

—¿Quién es este “yo” que duerme y despierta; que piensa y siente; que habla y obra? ¿Qué es eso en nosotros a lo cual llamamos “yo”?

Aquellos que creen que la materia es lo único que existí dirán que es el cuerpo, y que el sentimiento del “yo soy” surge en el cerebro al nacer y desaparece en la muerte y la desintegración del cuerpo.

Pues, bien para entender la verdadera naturaleza de este misterioso “yo” y descubrir su verdadera relación con las funciones del cuerpo y del cerebro, debemos realizar un análisis penetrante de la personalidad, del yo aparente.

Esta clase de propio conocimiento no implica un simple examen y clasificación de nuestras virtudes, vicios y cualidades. Es una especie de investigación en la esencia misma de nuestro espíritu. Evocar al hombre verdadero dentro de nosotros significa evocar nuestra inteligencia espiritual. Cuando podamos entender lo que hay detrás de los ojos que nos miran cada mañana desde el espejo, entenderemos el misterio mismo de la vida.

Si contemplamos con fijeza el misterio que hay en nosotros, el misterio divino del hombre, eventualmente éste se someterá y nos revelará el secreto. Cuando el hombre empieza a preguntarse quién es, ha dado el primer paso por un sendero que terminará únicamente cuando haya encontrado la respuesta. Porque hay una revelación permanente en su corazón, aunque él no la entiende. Si el hombre enfrenta la parte oculta de su espíritu y trata de rasgar el velo que la cubre, su persistente esfuerzo le otorgará su recompensa.

El mundo está en una continuada condición de flujo, y el hombre parece ser una masa de pensamientos y emociones cambiantes. Pero si se toma el trabajo de realizar un análisis profundo de sí mismo y de reflexionar tranquilamente, descubrirá que una parte de él recibe el torrente de las impresiones del mundo externo, y otra registra los sentimientos y los pensamientos nacidos de estas impresiones. Esta parte más profunda es el ser verdadero del hombre, el testigo invisible, el espectador silencioso, el Yo Superior.

Hay una cosa acerca de la cual el hombre jamás duda. Existe una creencia a la cual cada hombre siempre se aterra durante todas las vicisitudes de la vida. Es la fe en su propia existencia. Nunca se detiene un instante a pensar: “¿Existo?” Lo acepta como una verdad inconmovible.

Yo existo. Esa conciencia es verdadera. Se mantendrá a lo largo de toda la vida. De ello podemos estar completamente seguros; pero no podemos ya estar tan seguros de sus limitaciones a un armazón de carne. Concentrémonos, enteramente, sobre tal certidumbre: la realidad de la propia existencia. Procuremos ahora localizarla concentrando nuestra atención solamente en la noción del yo.

De este modo, por tanto, se forma un buen punto do partida para nuestra investigación, ya que esta idea tiene una aceptación universal. El cuerpo cambia; se hace débil o fuerte, se mantiene sano o enfermo. La mente cambia; sus modos de pensar se alteran con el tiempo; sus ideas están en un constante flujo. Pero la conciencia del “yo” persiste inmutable desde la cuna a la tumba.

Hoy soy feliz... mañana seré un desdichado... Estos cambios de modo no son sino accidentes o incidentes en la continuidad del yo. Los modos de la mente y del corazón cambian y pasan, pero a través de todos ellos el yo permanece inalterable entre los que cambian, espectador del Show de este mundo. Tenemos conciencia de todas esas cosas a través del “yo”, del ser; sin él no habría nada, en absoluto. El sentimiento del “yo soy” no puede desaparecer.

Por lo tanto, conocerse a sí mismo es encontrar ese punto de la conciencia desde el cual puede tener lugar la observación de esos modos cambiantes.

Es una triste evidencia de que el hombre ha perdido su centralidad, su espiritual centro de gravedad, el que este punto haya pasado por lo general totalmente inadvertido.

El “yo” se convierte pe este modo en la desventurada víctima de muchos diferentes deseos y pensamientos contradictorios, hasta que su integridad espiritual le es reintegrada.

“Un hombre cree generalmente conocer lo que él significa y entiende por su yo. Puede dudar de otras cosas, pero en esto se siente seguro. Imagina que con el término yo, expresa a la vez que él es y lo que es. Y, naturalmente, el hecho de su propia existencia está en cierto modo fuera de duda. Pero precisar en que sentido su existencia es tan evidente, es otra cosa”. Así escribe F. H. Bradley, pensador y filósofo inglés.

De este modo, el primer paso consiste en un análisis de la constitución del hombre. Empezamos descendiendo dentro de nosotros mismos. Porque en nuestras raíces más profundas mora lo divino.

De dónde proviene esta conciencia, del “yo”? Persiste por debajo de los cambios de modo de la mente; resiste a todas las mareas de los sentimientos; sobrevive a todos los accidentes y vence al tiempo. ¿Surge acaso de nuestros cuerpos?

No, eso no puede ser, por más que la psicología anormal y el espiritismo conspiren juntos para hacernos creer que eso es aparte de la carne. Los experimentos de hombres como Sir Oliver Lodge y Sir William Crookes y el profesor William McDougall y muchos otros competentes investigadores en la investigación psíquica, no pueden dejarse de tomar en consideración. Debemos analizarlos y llegar a la lógica conclusión —por sorprendente que resulte— de que también se empeñan en la investigación de la verdad. No tenemos derecho a despreciar un solo dato que pueda agregar algo nuevo a nuestras teorías. Quienquiera examinar los informes de la famosa Sociedad Inglesa de Investigaciones Psíquicas —y ellos son más numerosos de lo que se puede calcular— podrá encontrar un número suficiente de casos que corroboran la verdad de esta afirmación.

La conexión entre la mente y el cuerpo es tan íntima que el pensamiento popular, educado o no, ha aceptado rápidamente la suposición de que el cerebro es la mente, y de que el cuerpo es el yo, aunque se trate únicamente de una suposición. Es posible que, si la conciencia y el yo pueden existir separadamente, las ideas populares estén equivocadas y que esta apariencia sea engañosa. Es este último pensamiento el que debemos considerar y hacerlo sin la menor idea preconcebida en pro o en contra del cuerpo.



Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

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