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    Seth
    Salud, Buenos y Malos pensamientos... II


    SESIÓN 634, 22 DE ENERO DE 1973 21.19 LUNES

    Cada persona tiene una definición ligeramente distinta de las emociones «negativas». Una persona puede considerar agradables y divertidos los pensamientos sexualmente estimulantes, mientras que para otra sean impuros, malos, insanos o desfavorables en algún sentido.

    Algunas personas se imaginan con facilidad en una pelea en la que derrotan sin piedad al «demonio» de su adversario. Los mismos pensamientos quizá provoquen en otro hombre un intenso terror y profundos sentimientos de culpa. Pero este mismo hombre, que en condiciones normales no tendría fantasías de esta naturaleza, quizás en tiempos de guerra se imagine matando al enemigo con un intenso sentimiento de felicidad y rectitud.

    Lo que a menudo se olvida es la naturaleza real de la agresividad, que en su sentido más puro significa acción enérgica. Esto no implica necesariamente fuerza física, sino el poder de la energía dirigida hacia la acción material.

    Desde vuestro punto de vista, el nacimiento es quizá la agresión más enérgica de que sois capaces en vuestro sistema de realidad. De la misma forma, el desarrollo de una idea en su realización temporal es el resultado de la agresión creativa. Es imposible tratar de borrar toda agresividad, pues ello haría desaparecer la vida tal como la conocéis.

    Cualquier intento de debilitar el flujo de "verdadera" agresión da como resultado una pseudoagresión distorsionada, desigual y explosiva que provoca guerras, neurosis individuales y muchos de vuestros problemas en todas las áreas.

    La agresividad normal fluye según intensas pautas de energía y proporciona fuerza motriz a "todos" pensamientos, tanto si conscientemente los consideráis positivos como negativos, buenos o malos. Es el mismo impulso creativo el que los hace aparecer. Cuando consideráis que un pensamiento es bueno, normalmente no lo cuestionáis y dejáis que siga su curso. En cambio, cuando consideráis que un pensamiento es malo o indigno de vosotros, u os avergonzáis de él, trataréis de negarlo, de detener su curso y refrenarlo. Pero no es posible contener la energía, aunque creáis que podéis hacerlo. Simplemente la acumuláis, de modo que sigue creciendo y buscando su realización.

    Tal vez me digáis: «Supongamos que tengo ganas de matar a mi jefe, o de echar veneno en la taza de té de mi marido; o, peor, de colgar a mis cinco hijos en el tendedero en vez de las toallas. ¿Estás diciendo que debería meramente seguir mis pensamientos?».

    Comprendo vuestra difícil situación. La verdad es que, antes que veros «acosados» por tales ideas, que os parecen aterradoras y no naturales, reprimís una infinita variedad de ideas menos drásticas que podríais haber expresado de forma segura y natural en la vida diaria. El problema, por tanto, no es cómo tratar la agresividad normal, sino cómo manejarla cuando ha quedado sin expresarse, rechazada y negada durante un período muy largo de tiempo. Más adelante en este libro hablaremos sobre los métodos adecuados para ello. Aquí simplemente quiero señalar la diferencia entre la agresividad natural saludable, y el surgimiento explosivo y distorsionado de la agresión reprimida.

    Cada uno de vosotros tiene que descubrir por sí mismo esas zonas en las que reprime enérgicamente sus pensamientos, ya que allí habrá muchas retenciones de energía. De todo ello hablaremos en una sesión posterior.

    Por ahora consideremos esta energía retenida. Conscientemente, la mayor parte de las personas la temen (si la reprimieron es porque no la consideraban "buena"). Cuando utilizo la palabra «reprimida» no quiero decir olvidada, o enterrada en la conciencia, o fuera de todo alcance. Quizás os digáis que ese material está oculto, pero se encuentra dentro de vuestra conciencia. Sólo tenéis que buscarlo con sinceridad y organizar lo que encontréis.

    Es muy fácil «ver» y no ver esta información al mismo tiempo, sencillamente porque no reunís todos los datos. Nadie puede obligaros a hacerlo, desde luego. Para ello debéis tener un sentido de la valentía y de la aventura; debéis deciros que no os dejáis intimidar por ideas que al fin y al cabo os pertenecen, pero que no son vosotros.

    Pues bien, a menudo se dice que el hombre cree en los demonios porque cree en los dioses. La verdad es que el hombre empezó a creer en los demonios cuando empezó a sentirse culpable. La culpa afloró junto con el nacimiento de la compasión.

    Los animales poseen un instinto de justicia que no comprendéis, y junto a este innato e inocente sentido de integridad existe una compasión biológica, entendida desde los más profundos niveles celulares.

    Tal como vosotros lo entendéis, el hombre es un animal que se eleva por sobre esta condición y desarrolla "determinadas" facultades animales hasta su nivel más alto; no mediante ciertas especializaciones físicas del cuerpo, sino porque, a partir de sus necesidades, deseos y agresividad natural, crea unas estructuras internas que tienen que ver con los valores, el espacio y el tiempo. En diversos grados, toda criatura posee este mismo impulso.

    Dicha labor supone que el hombre debe escapar de los aspectos autorreguladores y precisos del instinto, seguros pero limitadores. El nacimiento de la mente consciente, tal como la entendéis, requiere que la especie asuma el libre albedrío. Procesos innatos que resultaban perfectamente suficientes tuvieron que ser reemplazados, y se convirtieron en sugestiones en vez de normas.

    La compasión «ascendió» desde la estructura biológica a la realidad emocional. La «nueva» conciencia aceptó su triunfal logro -la libertad- y tuvo que afrontar la responsabilidad por las acciones conscientes, y el nacimiento de la culpa.

    Un gato que traviesamente mate a un ratón y se lo coma no es malo, no se siente culpable. Biológicamente, los dos animales comprenden el hecho. La conciencia del ratón, guiada por el conocimiento innato del dolor inminente, abandona su cuerpo. El gato aprovecha la carne caliente. El ratón mismo ha sido depredador al igual que presa, y ambos animales comprenden la situación de una forma muy difícil de explicar.

    En ciertos niveles tanto el gato como el ratón comprenden la naturaleza de la energía vital que comparten y, en este sentido, no están celosos de su propia individualidad. Esto no significa que no luchen por sobrevivir, sino que poseen un sentido innato inconsciente de unidad con la naturaleza "y saben que no se perderán ni desaparecerán en ella".

    El hombre, siguiendo su propio curso, eligió salirse conscientemente de ese marco. Así pues, el nacimiento de la compasión sustituyó el conocimiento innato de los animales; la compasión biológica se convirtió en una comprensión emocional. El depredador, habiendo perdido en mayor o menor medida la «cortesía» animal, se vio forzado a identificarse emocionalmente con su presa. Matar es ser asesinado. El equilibrio de la vida lo sustenta todo. Debe aprender a un nivel consciente lo que ya sabía desde siempre. Éste es el significado auténtico del concepto de culpa y su marco natural. .

    Así pues, debéis preservar la vida conscientemente, como los animales la preservan inconscientemente.

    Las interpretaciones y usos que se han hecho de esta idea natural de culpa han sido espantosos.

    La culpa es el otro lado de la compasión. Su propósito original era que conscientemente sintierais compasión de vosotros mismos y de otras criaturas, de modo que pudierais controlar conscientemente lo que antes se manejaba a un nivel biológico. En este sentido, por tanto, la culpa posee una sólida base natural; pero, cuando se pervierte y se utiliza o se entiende mal, adquiere esa energía aterradora de cualquier fenómeno básico incontrolado.

    Si creéis que sois culpables, bien porque leéis cierta clase de libros, bien porque os complacéis con ciertos pensamientos, estáis corriendo riesgos. Si creéis que algo es incorrecto, lo será en vuestra experiencia, y lo consideraréis negativo. De modo que iréis acumulando una culpa «no natural», una culpa que no merecéis pero que aceptáis.

    "Normalmente" no os sentiréis orgullosos de nada que creéis guiados por la culpa. Si creéis firmemente en una salud débil, podéis utilizar esta energía reprimida para atacar un órgano físico (y la vesícula biliar, por ejemplo, se puede poner «mala»). Según sea vuestro sistema de creencias, tal vez confiéis en la integridad de vuestro cuerpo y proyectéis esa culpa en otras personas, en un enemigo personal, o una raza o credo en particular.

    Si sois religiosos y estrictos en vuestras creencias, tal vez culpéis a un demonio por vuestro comportamiento. Al igual que el cuerpo crea anticuerpos'1" para regularse a sí mismo, crearéis «anticuerpos» mentales y emocionales, ciertos pensamientos «buenos» que os protejan de las fantasías o ideas que consideráis malas.

    Si estos instintos innatos se dejan a su aire, el cuerpo "básicamente" se autorregula. No mata todos los glóbulos rojos si en un momento dado tiene demasiados: procede con sentido común. Pero, al temer los pensamientos negativos, soléis rechazar toda agresividad normal, y al menor indicio reunís vuestros anticuerpos mentales para que entren en acción. Al actuar así, tratáis de repudiar la validez de vuestra propia experiencia. Si no percibís vuestra realidad individual, nunca os daréis cuenta de que la creáis y que, por tanto, podéis cambiarla. Este rechazo de la experiencia, y la retención de energía que ello implica, hace que se acumule una culpa «no natural» e innecesaria. El cuerpo no puede comprender estos mensajes de retención, y expresa su conocimiento corporal del momento tal como lo está experimentando. En estas situaciones, mentalmente gritáis que no sentís lo que sentís.

    "Debido" a su posición, la mente consciente puede invalidar los mensajes del cuerpo durante cierto tiempo. Pero la energía contenida y acumulada tratará de hallar una salida. El más pequeño e inocente símbolo de esa materia reprimida puede entonces provocaros una conducta que parece fuera de toda proporción con respecto al estímulo.

    En más de una ocasión quizás hayáis tenido ganas de decirle a alguien que os dejara en paz, pero os contuvisteis para no herir sus sentimientos; temisteis ser maleducados a pesar de que la ocasión justificaba el comentario y la otra persona lo hubiera entendido y tomado con tranquilidad. Dado que no aceptáis vuestros sentimientos, y menos aún los expresáis, poco después podéis explotar aparentemente sin motivo e iniciar una pelea completamente injustificada.


    * Los anticuerpos son proteínas fabricadas en el cuerpo con el fin de neutralizar sustancias tóxicas. Aquí, una vez más, Seth postula la existencia de equivalentes mentales internos de los fenómenos orgánicos.


    En este caso la otra persona no tiene ni idea de por qué reaccionáis de esa forma, y se siente profundamente herida. Y vuestra culpa crece. El problema es que las ideas de lo que es bueno y malo están íntimamente ligadas con vuestra composición química, y no podéis separar los valores morales del cuerpo.

    Cuando creéis que sois buenos, el cuerpo funciona bien. Estoy seguro de que muchos de vosotros diréis: «Trato constantemente de ser bueno, pero en cambio tengo poca salud. ¿Cómo es posible?». Si examináis vuestras creencias, la respuesta será evidente: tratáis de ser tan buenos precisamente porque creéis que sois malos y que no valéis nada.

    Los demonios de "cualquier" clase son el resultado de vuestras creencias. Nacen de la creencia en una culpa «no natural». Podéis personificarlos, e incluso encontrarlos en vuestra experiencia; pero aun así siguen siendo el resultado de vuestra enorme creatividad, si bien obedecen a vuestra culpa y vuestra creencia en ella.

    Si os despojarais de los distorsionados conceptos de la culpa no natural y aceptarais en cambio la antigua sabiduría de la culpa natural, no habría guerras. No os mataríais unos a otros absurdamente. Entenderíais la integridad de cada órgano de vuestro cuerpo y no tendríais necesidad de atacar a ninguno de ellos.

    Esto, evidentemente, no significa que al cuerpo no le llegue su hora de morir. Significa que comprenderíais que los ciclos del cuerpo siguen a los de la mente, siempre en cambio y desarrollo, con un estado de salud cambiante manteniendo siempre una espléndida unidad dentro de la forma del cuerpo. No tendríais enfermedades "crónicas". A grandes rasgos e idealmente, el cuerpo se desgastaría gradualmente pero tendría mayor resistencia de la que muestra ahora.

    Hay muchas otras condiciones físicas que tienen que ver con vuestras creencias conscientes. Por ejemplo, quizá creáis que es mejor morir rápidamente de un ataque del corazón. Vuestros propósitos individuales son diferentes, así que podéis dirigir las experiencias de vuestro cuerpo de formas muy diversas.

    Hablando de nuevo en términos generales, estáis aquí para expandir vuestra conciencia, para aprender las formas que puede adoptar la creatividad bajo la dirección del pensamiento consciente. La mente consciente puede cambiar sus creencias, y por lo tanto puede alterar en gran medida su experiencia corporal...

    La culpa natural es, pues, la manifestación humana del sentido corporal inconsciente de justicia e integridad que poseen los animales. Significa: no matarás más de lo necesario para tu sustento físico.

    No tiene nada que ver con el adulterio o con el sexo. Contiene cuestiones que sólo se aplican a los seres humanos, que no tendrían significado alguno para otros animales en el marco de su experiencia. Estrictamente, la traducción del idioma biológico al vuestro es tal como señalábamos; pero leído con más cuidado dice: no cometas violación. Los animales no necesitan semejante mensaje, naturalmente, ni éste puede traducirse "literalmente", porque vuestra conciencia es flexible y debe quedar cierto margen para vuestra propia interpretación.

    Una mentira descarada puede constituir o no una violación. Un acto sexual puede ser o no una violación. Una expedición científica puede ser o no una violación. No ir a la iglesia los domingos no es una violación. Tener pensamientos agresivos normales no supone una violación. Infligir violencia al propio cuerpo, o al cuerpo de otra persona, sí que es una violación. Infligir violencia al espíritu de otra persona es una violación (pero repito que, puesto que sois seres conscientes, las interpretaciones son vuestras). Decir palabrotas no es una violación; aunque, si creéis que lo es, en vuestra mente se convierte en una violación.

    Matar a otro ser humano es una violación. Matar para defenderos de la muerte a manos de otra persona es una violación. Tanto si la justificación parece evidente o no, existe violación.

    Si creéis que la autodefensa física es la única forma de contrarrestar dicha situación, diréis: «Si me ataca otra persona, ¿no puedo defenderme agresivamente de su intento evidente de destruirme?».

    En absoluto. Podríais contrarrestar dicho ataque de varias formas que no implicasen matar. Ante todo, no os encontraríais en dicha situación si vuestros propios pensamientos violentos, aceptados o no, no la hubieran atraído hacia vosotros. Pero cuando es un hecho, y según las circunstancias, podríais utilizar muchos métodos. Dado que consideráis la agresión como sinónimo de violencia, tal vez no comprendáis que las órdenes «agresivas» -enérgicas y activas, mentales u orales- de "paz" salvaros la vida en ese caso; y, no obstante, podrían hacerlo.

    Normalmente hay toda una variedad de acciones físicas que no implican matar y que bastarían. Mientras sigáis creyendo que la violencia debe contrarrestarse con violencia, os exponéis a ella y a sus consecuencias. Como individuos, el cuerpo y la mente se convierten en el campo de batalla, al igual que ocurre con el cuerpo físico de la tierra desde el punto de vista mundial. Vuestra forma material está viva por una agresión natural, la acción serena, contundente y dirigida portadora de creatividad.

    Si os cortáis un dedo, éste sangra. De este modo, la sangre elimina cualquier sustancia nociva que pueda haber entrado en el cuerpo. Sangrar es beneficioso, y el cuerpo sabe cuándo detenerlo. Si el flujo continuara sería inapropiado o perjudicial, pero el cuerpo no consideraría mala a la sangre por continuar su curso de acción ni trataría de aislarla. En cambio, haría los ajustes necesarios para detener la emisión de forma natural.

    Siguiendo esta analogía, cuando consideráis que los pensamientos agresivos son incorrectos no permitís que el sistema se limpie. En vez de ello, encerráis dentro las «sustancias nocivas».

    Así como en la carne habría una acumulación, lo mismo ocurriría en vuestra experiencia mental. Físicamente podríais acabar desarrollando una enfermedad muy grave; mental y emocionalmente, ese freno a las energías naturales puede desembocar en estructuras de ideas «malsanas» aisladas de otros conceptos más sanos. Estas ideas malsanas pueden actuar como tumores, con libre acceso a otras partes de vuestra experiencia consciente.


    SESIÓN 635, 24 DE ENERO DE 1973 21.44 MIÉRCOLES

    Pronto podremos empezar a enviar la carta de Seth a algunas de las personas que nos han escrito. Ya he preparado la copia a máquina y en película, y ahora un impresor de la ciudad está preparando varios cientos de copias para nosotros.


    Buenas noches.

    La culpa natural está también estrechamente relacionada con la memoria, y empezó junto con la aventura humana de experimentar el pasado, presente y futuro. La culpa natural se concibió como una medida preventiva. Requería un sofisticado sistema de memoria para que las nuevas situaciones y experiencias pudieran juzgarse en comparación con las recordadas, y se pudieran efectuar valoraciones en un momento intermedio de reflexión.

    Cualquier acto anterior que hubiera suscitado sentimientos de culpa natural se evitaría en el futuro. Debido a los numerosísimos cursos disponibles a los humanos, no sólo eran inapropiados muchos instintos animales muy específicos, sino que había que conservar un curioso equilibrio. Las opciones conscientes que surgieron a medida que el mundo mental del hombre se ampliaba hicieron que los controles biológicos no bastaran para permitir la suficiente libertad.

    De modo que se hicieron necesarios ciertos controles para que la mente consciente, privada del pleno uso de los tabúes innatos de los animales, no se desbocara. Así pues, la culpa, la culpa natural, depende de la memoria. Pero no implica un castigo, tal como lo concebís. Repito que surgió como una medida preventiva. Cualquier violación de la naturaleza provocaría una sensación de culpa de modo que, cuando el hombre se encontrara en una situación similar en el futuro, no repetiría la misma acción en ese momento de reflexión.

    He utilizado la expresión «momento de reflexión» varias veces porque es otro atributo particular de la mente consciente y, tal como vosotros lo concebís, no está al alcance del resto de las criaturas. Sin esa pausa en la que el hombre puede recordar el pasado en el presente, y vislumbrar un futuro- la culpa natural no tendría sentido. El hombre no sería capaz de recordar acciones pasadas, juzgarlas en relación con la situación presente, e imaginar la futura sensación de culpa que pudiera resultar de ella.

    En ese sentido, la culpa natural proyectó al hombre hacia el futuro. Éste es, por supuesto, un proceso de aprendizaje, natural dentro del sistema temporal que la especie adoptó. Por desgracia, la culpa artificial asume los mismos atributos pues utiliza tanto la memoria como la proyección. Las guerras se perpetúan porque combinan tanto la culpa natural como la no natural, exacerbadas y reforzadas por la memoria. Matar conscientemente más allá de las necesidades de la supervivencia constituye una violación.

    A través de los siglos, la acumulación de culpas artificiales no reconocidas ha conducido a una concentración tal de energía reprimida que su liberación da como resultado la acción violenta. De este modo, el odio de una generación de adultos cuyos padres murieron en una guerra contribuye a generar la próxima.

    No cometerás violación. Este mandamiento tuvo que ser lo suficientemente flexible para incluir cualquier situación en la que se viera implicada la especie consciente. Los instintos de los animales y sus situaciones naturales mantenían a sus miembros dentro de los límites aceptados; y, con una «cortesía» inconsciente e irreflexiva dejaban espacio a los demás.

    No cometerás violación contra la naturaleza, la vida o la tierra. Aunque las criaturas vivas luchan por la supervivencia y anhelan la vida, aunque son exuberantes y bulliciosas, no son intrínsecamente voraces. Siguen el orden inconsciente interno, así como hay un orden, relación y límite definidos del número de cromosomas. Una célula que se convierta en omnívora puede destruir la vida del cuerpo.

    No cometerás violación. De modo que el principio se aplica tanto a la vida como a la muerte.

    No hay nada de misterioso en la idea de que la vida puede matar. Biológicamente, toda muerte está oculta en la vida y toda vida en la muerte.

    Los virus están vivos, tal como mencioné en otra sesión (en la 631, en el capítulo 7), y pueden ser beneficiosos o perjudiciales según otros equilibrios del cuerpo. En las células cancerígenas, el principio del crecimiento está descontrolado; entre las criaturas, cada especie tiene su lugar, y si una se multiplica fuera de su propio orden, toda la vida y el cuerpo de la tierra corren peligro.

    En este sentido, la superpoblación constituye una violación. Tanto en el caso de la guerra como en el del crecimiento excesivo, la especie ha hecho caso omiso de su culpa natural. Cuando un hombre mata a otro, una parte de su mente consciente siempre es consciente de la violación cometida, por mucho que la justifique, e independientemente de sus otras creencias.

    Cuando las mujeres dan a luz en un mundo colmado de personas, una parte de su mente consciente sabe que han cometido una violación. Cuando vuestra especie ve que está destruyendo otras especies y perturbando el equilibrio natural, es plenamente consciente de su violación. Cuando no se afronta esta culpa natural, deben emplearse otros mecanismos. Insisto, aunque me repita: muchos de vuestros problemas son el resultado de no aceptar la responsabilidad de vuestra propia conciencia, lo cual significa evaluar la realidad que se forma inconscientemente como una réplica directa de vuestros pensamientos y expectativas.

    Cuando no aceptáis este conocimiento consciente, sino que lo rechazáis, dejáis de utilizar una de las «herramientas» más refinadas jamás creadas por vuestra especie, y en gran medida renegáis de vuestro derecho de nacimiento y herencia.

    Cuando esto ocurre, la especie se ve forzada a recurrir a vestigios de viejos instintos, que no estaban destinados a funcionar junto con una mente racional consciente ni comprenden vuestra experiencia, y para los cuales vuestro «momento de reflexión» no es más que una molesta negación del impulso. El hombre pierde así su pleno uso del grácil instinto regulador de los animales, y no obstante rechaza el discernimiento consciente y emocional que posee en su lugar.

    Los mensajes enviados como resultado de ello son tan contradictorios que os veis atrapados en una situación en la que no puede reinar el verdadero instinto, ni prevalecer la razón. En cambio, se produce una versión distorsionada de los instintos, junto con un mal uso del sentimiento, mientras la especie trata desesperadamente de regular su curso.

    En vuestra situación actual, la superpoblación se ve compensada por las guerras, y si no por guerras por enfermedades. Pero ¿quién debe morir? Los jóvenes que podrían ser padres. Si comprendierais la naturaleza de la culpa natural, os salvaríais de tales situaciones.

    Los «demonios», vuestras proyecciones, se fijan en un enemigo nacional, o en el líder de otra raza; a veces masas enteras de población proyectan en otro gran grupo las imágenes de sus frustraciones no afrontadas. Incluso en Augusto es posible encontrar el héroe y el villano, separados y diversificados. Así como un hombre puede estar dividido, también puede estarlo una nación y un mundo. Y una especie.

    También una "familia" puede estar así dividida, y un miembro parecer siempre el héroe y otro el villano o un demonio.

    Tal vez tengáis dos hijos, y uno se comporte como Augusto Uno mientras que el otro actúa como Augusto Dos. Al ser uno tan sumiso y dócil y el otro tan violento y revoltoso, tal vez nunca podáis entender la relación entre sus comportamientos, y simplemente los consideréis distintos. Pero, así como el estado habitual de los niños normales no es ser «bueno», educado y sumiso, tampoco lo es la actividad violenta "incesante". Lo que ocurre habitualmente en estos casos es que un niño expresa el comportamiento agresivo no afrontado de toda la familia. Estas pautas de actividad irreconciliables también significan que el amor no se expresa libremente.

    El amor necesita expresarse, al igual que la agresión. No se puede inhibir uno sin afectar igualmente al otro, así que en tales casos el niño dócil y amoroso normalmente expresa el amor contenido de la familia en su conjunto. Pero tanto el héroe como el villano tendrán problemas, porque los dos rechazan aspectos legítimos de su experiencia.

    Lo mismo se aplica a las naciones. La culpa natural es un mecanismo creativo, concebido para servir como impulso consciente en la solución de problemas que, según vosotros lo concebís, los restantes animales no tienen. Si sacáis partido de ello, podéis avanzar hacia fronteras desconocidas e introduciros en dimensiones de conciencia que han estado latentes desde el nacimiento de la mente consciente.

    La culpa natural, si se obedece, es una guía sabía que no sólo lleva consigo la integridad biológica, sino que estimula en la conciencia ciertas actividades que de lo contrario permanecen latentes.




    Extracto de Habla Seth III
    A través de Jane Roberts



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