El despertar de la intuición. II

Varios/Otros


Es posible favorecer el desarrollo espiritual, al llegar a esta etapa, observándose a sí mismo durante esos raros momentos que se presenten en el día. Uno puede interrumpirse de repente, y observar lo que está haciendo, sintiendo, diciendo o pensando; pero tal observación debe hacerse con espíritu imparcial e impersonal.

—¿Quién está haciendo esto?
—¿Quién siente esta emoción?
—¿Quién dice esas palabras?
—¿Quién está pensando estos pensamientos?

Háganse estas preguntas a uno mismo, in, peto, tan a menudo como sea posible; pero las mismas deben ser repentinas, abruptas. Espérese luego, en calma una respuesta interior de la intuición. En la medida de lo que sea posible, no se piense en otra cosa. Esta investigación introspectiva no tiene por qué ocuparnos más de uno o dos minutos, a ratos perdidos. Una respiración más lenta, que se practique con este ejercicio, puede ayudar mucho en la observación e investigación del yo.

De este modo empezaremos a quebrar la actitud complaciente que acepta el punto de vista del yo personal basado en el cuerpo, y a liberarnos de la ilusión de que la persona exterior es el ser completo del hombre. La práctica que consiste en observarse uno mismo, sus deseos, sus estados de ánimo y sus acciones, es especialmente valiosa porque tiende a separar a los pensamientos y a los deseos del sentido egoísta que le es normalmente inherente, y de este modo tiende a salvar a la conciencia de ser ahogada eternamente en el mar de los cinco sentidos físicos. Además, así se reforzará positivamente el trabajo que se realiza para penetrar en el llamado inconsciente durante los períodos de reposo mental. En verdad, podría decirse que las tres prácticas: la observación de sí mismo, el reposo diario y la respiración rítmica, se complementan. Todas tienden a vencer la tendencia que nos lleva hacia una completa identificación con el cuerpo, los deseos y el intelecto, considerados hoy como normales y naturales.

La raza humana ha cedido a esta tendencia desde tiempos inmemoriales, y por eso ha surgido la identificación corriente del yo con el cuerpo. El remedio consiste en borrar gradualmente estas tendencias buscando repetidamente el yo verdadero, el Yo Superior, en los momentos de reposo mental y mediante una constante observación de sí mismo, a ratos perdidos, durante el día. Por muy arraigadas que estén en uno aquellas tendencias, es posible vencerlas, poco a poco, con ayuda de estas prácticas.

El intelecto, que se inmiscuye repetidamente esta investigación, cede por fin a la costumbre y automáticamente empieza a presentarnos nuestras emociones, deseos, pensamientos y acciones, cambiados y a la luz del Yo Superior, es decir, como promovidos por él, como cosas que experimentamos dentro de nosotros; pero en realidad son respuestas mecánicas a estímulos exteriores.

Uno de los resultados inevitables de estas prácticas es que vuestra actitud en relación a las cosas, las personas y los acontecimientos, empezará a cambiar gradualmente. Es que comienzan a manifestarse las cualidades que son inherentes al Yo Superior, las cualidades de nobleza, perfecta justicia, el tratamiento del prójimo como a uno mismo.

Volcar la mente de uno, repetidamente, a ese que es el silencio espectador dentro de uno mismo, y fijarla allí. Esta interiorización es un proceso mental, una actividad intelectual basada en una indagación de sí mismo, pero en la etapa que sigue hay una entrega de todos los pensamientos al sentimiento intuitivo que surge desde adentro y el cual nos conduce a la percepción de lo más profundo que hay en nosotros.

Siempre se ha ejercitado el intelecto y las emociones; muy raramente la intuición. De ahí que sea necesario cambiar; haciendo surgir al sentimiento intuitivo de su estado latente, tantas veces como sea posible. Llevará su tiempo esta búsqueda de la justa intuición, pues habrá que buscarla entre la confusión de sentimientos y pensamientos que forman normalmente nuestro yo interior; pero el esfuerzo persistente nos ayudará.

No existe momento en el día que no se pueda cambiar provechosamente el curso de los pensamientos y comprobar la presencia del Yo Superior. Como el jinete al caballo, es necesario llegar a tener en las manos las riendas de nuestra mente, acicateándola de vez en cuando si es necesario. En esta búsqueda, al principio, se encontrará la conocida obscuridad espiritual, el estado habitual de alejamiento del Yo, de sumisión a los deseos o a las repulsiones, que responderán mecánicamente a las propias demandas. Pero si se continúa con estas prácticas, gradualmente se abrirá el camino de la libertad interior.

No existe felicidad para el hombre que no es libre. Se trate de un rey, cuyos deberes lo encierran en palacio, o del presidiario encadenado en su celda, repetimos lo obvio al afirmar que el alma prefiere la libertad. Esta es una alusión a la esencia de la dicha verdadera. La libertad, eterna, intangible, forma necesariamente parte de su naturaleza, y una libertad de tan rara naturaleza no puede encontrarse en otra parte excepto en el Yo Superior.

Se procede de este modo, por medio de grados imperceptibles, siguiendo al pensamiento en su viaje de retorno a su invisible hogar. Pero en tanto se este en servidumbre con el pensamiento, la intuición estará fuera de nuestro alcance.

Debe seguirse el camino del constante examen de uno y se llegará a utilizar el pensamiento como auxiliar de la liberación propia. Los interrogantes mismos que uno se haga serán los peldaños que nos llevarán a ese estado indudable del Yo Superior.

Se comprenderá mejor la racionalidad de este método de triple práctica: quietud mental, plácida respiración y auto observación, mediante el estudio de la relación del hombre con el Yo Superior que presentamos a continuación.

Se puede decir que nuestra “persona” existe en virtud de !a imposición de la vida, y con la autorización del Yo Superior. Los pensamientos y deseos, así como las acciones resultantes de una persona por lo general casi se hallan enteramente ocupados con cosas que pertenecen al mundo exterior. Podemos imaginar al yo personal instalado en el cuerpo del hombre y ocupado sin cesar en inspeccionar el mundo que lo rodea a través de las ventanas de los cinco sentidos.

La consecuencia de esta preocupación por los objetos exteriores es que nuestro yo personal se siente sin cesar atraído, o rechazado por esos objetos; en estado de pensamiento constante, de deseo, o de movimiento, hasta que olvida, enteramente su lugar de nacimiento, que es el Yo Superior. De este modo ha caído en la situación engañosa del ser que, no solamente ha perdido todo recuerdo de su Padre, sino que en verdad niega toda posibilidad de la misma existencia de ese Padre.

Ese lugar, del cual han surgido los pensamientos, es el verdadero ser del hombre, su yo real. Entre dos pensamientos, entre dos respiraciones, existe un lapso imperceptible, no conocido, donde el hombre se detiene entonces por una fracción de segundo. En esta pausa, breve como un relámpago, vuelve a su Yo primordial, vuelve a encontrar su ser real. Si esto no fuera así, si no se produjera mil veces al día, el hombre no podría continuar existiendo y su cuerpo caería al suelo, como una pobre masa de materia inerte. Por que el Yo es la fuerza oculta de la vida, la fuerza que le sostiene y lo hace vivir, y estos constantes regresos a la fuente permanente permiten al hombre captar la fuerza vital necesaria para existir, pensar, sentir. Esos tenues fragmentos del tiempo son experimentados por cualquiera, pero reconocidos en su verdadero valor sólo por unos cuantos. Eso es, está eternamente, pero el hombre, el ser personal, existe, “proviene de él” solamente por un tiempo.


Extracto de PAUL BRUNTON - EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno.

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