El salto del lobo.

Varios/Otros


Qué grandes son tus obras, oh Señor: todo lo hiciste con sabiduría . En mis peregrinaciones me he encontrado con casos bien extraordinarios. Si debiera narrarlos todos, tendría para muchos días. Voy a contaros éste: una tarde de invierno iba yo caminando solo por un bosque con intención de pasar la noche a dos verstas más adelante, en un pueblecito que estaba ya a la vista. De repente un gran lobo saltó sobre mí. Yo tenía en la mano el rosario de lana de mi starets que, como siempre, llevaba conmigo, e hice huir a la fiera con este rosario. ¿Y lo creeréis? El rosario se me fue de las manos y se quedó rodeando el cuello del lobo. Este retrocedió al instante y, saltando a través de las matas, quedó preso por las patas traseras en los espinos, mientras que el rosario quedaba enganchado de la rama de un árbol seco; el lobo se debatía con todas sus fuerzas, pero no conseguía desprenderse porque el rosario le apretaba la garganta. Yo hice con gran fe la señal de la cruz y corrí a soltar al lobo, temiendo sobre todo que arrancase el rosario y huyese con un objeto que yo estimaba tanto. Apenas me había acercado y puesto la mano sobre el rosario, el lobo, en efecto, lo rompió y echó a correr con toda la ligereza de sus patas. Dando gracias al Señor y acordándome de mi bienaventurado starets, llegué sin novedad al pueblo: me dirigí a la posada y pedí hospedaje. Entré en la casa, en la que dos viajeros estaban sentados a la mesa; el uno era ya viejo y el otro de edad madura y corpulento. Pregunté quiénes eran al campesino que guardaba sus caballos, y éste me contestó que el anciano era maestro y el otro escribano del juez de paz. Los dos son de origen noble y los llevo a la feria a veinte verstas de aquí.

Después de haber descansado un rato, pedí a la patrona aguja e hilo, me acerqué a la luz y comencé a recoser mi rosario. El escribano me miró y dijo:

—Mucho has debido de rezar para llegar a romper tu rosario.

—No soy yo quien lo ha roto, sino un lobo…

—¡Toma! ¿De modo que hasta los lobos rezan? —respondió riendo el escribano.

Les conté entonces al detalle lo que me había sucedido, y les dije la mucha estima en que tenía yo a este rosario. El escribano se echó a reír y dijo:

—Para vosotros, gente crédula, siempre existen milagros. ¿Qué ves de misterioso en eso que has contado? Tú le has tirado sencillamente algún objeto, el lobo ha tenido miedo y se ha puesto en fuga. Los perros y los lobos tienen siempre miedo de esos objetos que se les tira; y que se le hayan enredado las patas en la maleza no tiene nada de particular. De modo que no hay que creer que todo lo que sucede en el mundo es por milagro.

Entonces comenzó el profesor a discutir con él:

—No hable usted de esa manera, señor: que no entiende usted mucho de estos asuntos. Yo al menos, veo en la historia de este campesino un doble misterio, sensible y espiritual.

—¿Cómo se entiende eso? —preguntó el escribano.

—Escúcheme usted: aunque no posea usted una instrucción muy profunda, habrá estudiado seguramente la historia sagrada por preguntas y respuestas, que se edita para las escuelas. Usted se acuerda que cuando el primer hombre, Adán, se hallaba en el estado de inocencia, todos los animales le estaban sometidos; se le acercaban sin miedo y él les ponía a cada uno su nombre. El starets al cual pertenecía este rosario era santo; ¿y qué es la santidad?, pues no es otra cosa que la resurrección, en el hombre pecador, del estado de inocencia del primer hombre merced a sus esfuerzos por adquirir las virtudes. El alma santifica al cuerpo. El rosario estaba sin cesar en las manos de un santo; pues bien, por el contacto continuado con su cuerpo, este objeto ha sido penetrado por una fuerza santa, la fuerza del estado de inocencia del primer hombre. He aquí el misterio de la naturaleza espiritual… Esta fuerza la sienten naturalmente todos los animales, sobre todo por el sentido del olfato, ya que el olfato es el órgano esencial de los sentidos en el animal. He aquí el misterio de la naturaleza sensible…

—Para ustedes, los sabios, no hay sino fuerzas e historias de este género; pero nosotros vemos las cosas desde otro punto de vista: servirse un vaso de licor y echárselo al estómago, esto es lo que da fuerza y vigor —dijo el escribano, y se dirigió hacia el armario.

—Diga usted lo que quiera —respondió el maestro—, pero por lo menos no pretenda usted negar lo que creen quienes saben más que usted.

Mucho me gustaron las palabras del maestro; y así me acerqué a él y le dije:

—Permítame usted contarle alguna cosa a propósito de mi starets.

Le expliqué cómo se me había aparecido en sueños, y cómo después de haberme enseñado, había hecho una señal con carbón en la Filocalía. El maestro escuchó mi relato con atención. Pero el escribano refunfuñaba, recostado sobre un banco.

—Ahora veo claro que hay gentes que se vuelven locas de tener siempre la nariz metida en la Biblia. No hay más que ver y oír a este buen hombre. ¿Quién será el coco que viene de noche a manchar tus libros con carbón? Seguramente que has dejado caer tu libro al suelo, mientras dormías, y los residuos de la ceniza te lo han manchado… En eso ha consistido todo tu milagro. ¡Ay, estos cortos de alcances! ¡Si no os conociéramos a ti y a todos los de tu cofradía!

Después que hubo hablado de este modo, se volvió hacia la pared y se durmió. Oídas estas palabras, me incliné hacia el maestro y le dije:

—Si usted quiere, yo le enseñaré el libro que lleva esta marca y no unos residuos de ceniza.

Saqué la Filocalía de mi saco y se la enseñé diciendo:

—Yo nunca puedo entender que sea posible a un alma incorpórea tomar un carbón y escribir…

Miró el maestro la señal sobre el libro y dijo:

—Este es el misterio de los espíritus. Y te lo quiero explicar:

Cuando los espíritus aparecen a un hombre bajo una forma corpórea, forman su cuerpo visible de luz y de aire, empleando para esto los elementos de los que había estado hecho su cuerpo mortal. Y como el aire está dotado de elasticidad, el alma que de él se reviste está dotada de la facultad de obrar, de escribir, de apoderarse de objetos. Pero ¿qué libro es ese que tienes en la mano? Déjame que lo vea.

Lo abrió y se encontró con el tratado de Simeón el Nuevo Teólogo.

—Esto debe ser sin duda un libro teológico. No lo conozco.

—Este libro, abuelo, contiene casi únicamente la enseñanza de la oración interior del corazón en el nombre de Jesucristo; esa enseñanza está explicada aquí en todos sus detalles por veinticinco Padres.

—¿La oración interior? Ya sé lo que es —replicó el maestro.

Me incliné profundamente delante de él y le supliqué que me dijera algunas palabras sobre la oración interior.

—Muy bien. Está escrito en el Nuevo Testamento que el hombre y toda la creación están sometidos a su pesar a la vanidad, y que todas las cosas suspiran y tienden hacia la libertad de los hijos de Dios : este misterioso movimiento de la creación, este deseo innato de las almas es precisamente la oración interior. No es posible aprenderla, porque se halla en todos y en todo…

—Pero, ¿cómo adquirirla, descubrirla y sentirla en el corazón? ¿Cómo adquirir conciencia de ella y aceptarla voluntariamente, conseguir que opere activamente, regocijando, iluminando y salvando al alma? —le pregunté.

—No sé si hablaran de esto los tratados teológicos —respondió el maestro.

—Sin duda que sí; porque aquí todo esto está escrito —repliqué…

El maestro cogió una pluma y anotó el título de la Filocalía y dijo:

—Voy a pedir este libro a Tobolsk y lo quiero leer.

Y sin más palabras, nos separamos. Al marcharme, di gracias a Dios por mi conversación con aquel hombre y rogué al Señor que concediera al escribano la gracia de leer alguna vez la Filocalia y de comprender su sentido para el bien de su alma.



Extracto de: "El peregrino ruso" o también nombrado "Relatos de un peregrino ruso", es un libro del siglo XIX de reconocida fama dentro de la práctica contemplativa hesicasta en la espiritualidad ortodoxa . Junto con la Filocalia es uno de libros más populares del cristianismo ortodoxo

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