El secreto de las siete semillas. II.3

Varios/Otros


Al final de la tarde, Gustavo, el gerente de finanzas, entró a su oficina. Cerró la puerta y, refiriéndose al gerente de márketing, le dijo:

–Estoy harto del idiota de Pedro. Todo el tiempo desordena las cosas. Quiere que le pase gastos no presupuestados, contrata vendedores y no me avisa. Imagínate que el otro día tuve casi un complot de tres vendedores que no figuraban en planilla, y quería que les pagara. No entrega sus reportes a tiempo, no sigue los procedimientos. ¿Sabes que hemos mandado a imprimir cinco mil tarjetas de Navidad para nuestros clientes y puedes creer que sólo mandó cuatrocientas? Ignacio, ¡hemos botado a la basura como dos mil dólares!, ¿puedes creerlo?

Ignacio estaba irritado. Cómo Pedro podía ser tan bestia para desperdiciar dinero de la compañía en el momento tan difícil que estaban pasando. Se paró inmediatamente, y antes de que Gustavo le pudiera decir algo más, tomó el intercomunicador.

–Pedro, ¡ven ahora mismo a mi oficina! –gritó. Cuando Pedro entró, vio a Ignacio en su escritorio con expresión de rabia y a Gustavo con cara de susto.

–¡Oiga! –le espetó Ignacio en tono enérgico, evitando el tuteo para subrayar la distancia–. ¡Estoy harto de su desorden que nos hace perder plata! ¡Hasta cuándo tendremos que soportar sus mediocridades en esta empresa!

–¿De qué estás hablando? –se sorprendió Pedro.

–¡Estoy hablando de la ridícula cantidad, de tarjetas que mandó a hacer para Navidad! ¿Cree que nos sobra la plata? ¿Qué haremos con las más de cuatro mil tarjetas que sobraron? ¿Se las cobraremos a usted?

Pedro se sintió víctima de un malentendido. Quiso explicarse:

–No ha sobrado ninguna tarjeta de Navidad.

–Gustavo me dijo que mandaste a hacer cinco mil y sólo enviaste cuatrocientas tarjetas a nuestros clientes.

Gustavo era testigo de este conflicto. Jamás imaginó que Ignacio iba a reaccionar de esa forma, poniéndolo cara a cara con Pedro. Quería que la tierra se lo tragara y desaparecer. Pedro miró a Gustavo con indignación e hizo un gesto de desa-probación.

–Lo que Gustavo no sabe –dijo–, es que las otras cuatro mil seiscientas tarjetas se las dimos a nuestra fuerza de ventas para que las entregaran personalmente a nuestros clientes y así dar un mejor servicio.

Ignacio había estado inflando el globo del conflicto al agredir a Pedro por sus supuestos errores. Pero Pedro, con estas últimas palabras, le había clavado un alfiler. Ya no tenía que haber conflicto. Las tarjetas se habían enviado, y de la mejor forma. Ignacio miró a Gustavo. Con un ademán de censura, le dijo:

–La próxima vez que quieras que yo haga el ridículo, avísame con anticipación.

En ese momento surgió en su mente la imagen del maestro y recordó sus palabras sobre aquello de tropezarse en la oscuridad. Se daba cuenta de que había caído una vez más. Había gritado y agredido a Pedro injustamente, se había comportado como un neurótico y sólo ahora se daba cuenta. Se empezaba a dar cuenta, pero ya el daño estaba hecho y no podía retroceder en el tiempo.

Le pidió disculpas a Pedro por el malentendido, pero Pedro ya estaba dolido. Ignacio no sabía cómo se había metido en aquel problema gratuitamente. Eran tantos los problemas con la competencia, que no entendía qué hacía desgastándose en competencias internas. Miró su reloj. Era hora de visitar al maestro. Salió de la oficina, subió a su carro y partió.

Ya en la casa del maestro, Ignacio, decepcionado de sí mismo, le contó el incidente.

–Maestro, no me di cuenta. No sabe lo estúpido que me siento –concluyó Ignacio.

Para aquel hombre parecía no haber sorpresas.

–No es fácil –dijo el maestro–. Debes tener paciencia.

No puedes cambiar tantos años de hábitos de la noche a la mañana. Este es un proceso largo. Recuerda que has estado manejando un coche automático, las cosas las hacías sin pensar. Ahora tienes que pasar a un auto de cambios mecánicos, tienes que estar más conciente para saber qué cambio usar. Créeme, el hecho de haberte dado cuenta del error ya es un gran avance.

Hizo una pausa para que Ignacio se sintiera más cómodo, y continuó:

–Dime ¿qué crees que hiciste mal en esta situación?

–Definitivamente –empezó Ignacio sin titubear–, llamar a gritos a Pedro a mi oficina y agredirlo por algo que no era cierto. Debí informarme bien antes de hablar con él.

–De acuerdo –siguió el maestro–. Eso fue una equivocación, pero no fue la primera. El primer error que cometiste fue dejar que Gustavo te hablase mal a espaldas de Pedro. Si tú quieres crear un clima de confianza en tu organización, ¿no te parece que fomentar el chisme va en contra de tu objetivo? La próxima vez que alguien quiera contarte algo negativo de una persona, pregúntale si ya se lo dijo directamente a ella, y ante todo, escucha a las dos partes. Eso sí, tú tienes que dar el ejemplo, debes tener mucho cuidado de no hablar a espaldas de las personas. Recuerda que los subordinados aprenden de lo que el líder hace, no de lo que dice.

Hizo otra pausa para que Ignacio tuviera tiempo de reflexionar. Luego continuó:

–Cuéntame ahora, ¿qué sentías cuando estabas enfrentando a tus dos gerentes? –preguntó el maestro.

Ignacio se quedó pensativo, tratando de poner en palabras lo que había sentido en ese momento.

–La verdad es que si tengo que ser realmente sincero, sentía cierto placer. Sentía que era lo correcto, que alguien debía ganar y otro perder. En realidad, quería ver sangre. Quería que el más débil perdiera.

–Como vimos la vez pasada –continuó el maestro–, buscas la violencia para evocar a tu padre. ¿Recuerdas algún incidente de tu niñez que pueda estar relacionado con esta situación?

A Ignacio se le apareció la imagen de una de sus vivencias más desagradables:

–Ahora que lo pienso, sí. A mi padre le encantaba hacerme pelear contra mi hermano. Nos decía que debíamos practicar en casa, para estar listos para sacarle la mugre a cualquiera en la escuela. Pero no quería que peleáramos de juego, quería que lo hiciéramos sin guantes, a puro puño. Recuerdo que nos llevaba al garaje y nos hacía pelear. Si no lo hacíamos, él nos pegaba a nosotros. A él le encantaba "animar" la pelea gritándonos y manipulándonos desde afuera. Me decía: "¡Pelea, imbécil! ¿Acaso eres una niña o un maricón?". Recuerdo que una vez mi hermano me dio un golpe en la nariz y empecé a sangrar. Quise parar de pelear, pero mi padre no me dejó. Él decía que los hombres pelean hasta morir, no importa si están heridos.

–¿Te das cuenta, Ignacio, de por qué te gusta tanto ver sangre? –cuestionó el maestro–. Has aprendido de niño que esa es la forma en que uno debe comportarse. En este caso, en tu mente, tú eras tu padre incentivando la pelea, y Pedro y Gustavo eran tú y tu hermano cuando niños.

–¿Pero qué voy a hacer si he tenido un padre tan violento y todo esto está guardado en mi subconsciente? ¿Cómo diablos me vaya librar de esto?

–Por ahora, no existe otra forma sino que poco a poco vayas tomando conciencia de tus emociones subconscientes, revisando cómo se manifiestan en tu vida actual. A medida que las entiendas, irán bajando su intensidad y su influencia en ti. Cuando uno está vendado y tiene que caminar por un sendero donde hay varios fuegos, puede esquivarlos al detectar su calor. Lo mismo tienes que hacer, Ignacio, en la vida real. Cuando tengas fuegos emocionales que te llevan a actuar agresivamente, aún si no los ves, por lo menos percibe su calor y contrólate. A medida que tomes más conciencia de tus conductas, tendrás una mayor capacidad de mejorar.

Mientras se ponía de pie lentamente y daba media vuelta, el maestro continuó:

–Ahora estás listo para recibir la segunda semilla–. Sacó el cofre, cogió uno de los pedazos de papel arrugado, lo abrió, sostuvo con delicadeza la semilla y se la entregó a Ignacio–. Siembra esta semilla, y cuando la planta empiece a crecer, regresa para explicarte su mensaje de sabiduría.

–Pero maestro, ¿no me la va a hacer como la otra vez, que me tuvo un mes tratando de hacer crecer una semilla golpeada?

–No, Ignacio, esta semilla sí va a convertirse en una planta. Regresa en cuanto brote. Mientras tanto, trata de estar conciente de tus conductas agresivas, de tus pensamientos y emociones destructivas.




Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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