El secreto de las siete semillas. IX.1

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Habían pasado tres semanas desde que Ignacio se enterara de la muerte de su maestro. Ahora meditaba más tiempo para tratar de recuperar su balance y su paz, pues aquel hecho lo había afectado profundamente. Además, se había volcado íntegro al servicio. Ignacio era un expositor muy demandado. Había aprendido a llegar a las personas. Su estilo era a la vez original y ameno, pero dejaba un profundo mensaje de cambio. Desde la muerte del maestro había aceptado entre tres y cuatro charlas semanales. Dictando las conferencias se sentía cercano a él. Era una forma de devolver todo lo que le había dado en la vida. Cuando terminaba sus conferencias, las personas se acercaban y le daban la mano con franqueza y gratitud. Para Ignacio no podía haber mejor pago que ese gesto de alegría o esa muestra de agradecimiento por ayudarlas a ser más felices. El servicio le había ayudado a liberarse poco a poco del peso de la muerte del maestro, pero en su interior se sentía frustrado por no poder terminar su educación espiritual.

Una noche, Ignacio llegó a su casa después de una conferencia y encontró un sobre extraño encima de la mesa. Era un sobre amarillo tamaño carta, con una letra que no reconocía. Buscó el remitente, pero no había nada escrito en la parte posterior. El corazón le dio un vuelco. Intrigado, abrió el sobre e inmediatamente sintió el olor típico de la casa de su maestro, un tipo especial de incienso que sólo había percibido en ese lugar. Por unos segundos tuvo la idea de que su maestro estaba vivo. Se desesperó, sintió una alegría esperanzadora pero a la, vez mucha incertidumbre. Rasgó el sobre con las manos crispadas por los nervios y cayeron al suelo unas semillas. Sacó rápidamente unos papeles que estaban en su interior y empezó a leerlos con angustia:

Ignacio, ya te habrás dado cuenta de quién escribe esta carta. Cuando la recibas, yo ya no estaré en el plano material. Tengo la intuición de que mi muerte está cercana y preparé para ti este sobre con información sobre la última semilla. Di órdenes precisas para que si algo me sucediese, te lo hicieran llegar. Si lo estás leyendo es porque finalmente ocurrió. Quiero que sepas que las personas que meditamos muchos años, aún en vida tenemos la posibilidad de visitar el plano espiritual y fundirnos con Dios. Yo ya había logrado fundirme con Dios y, créeme, es maravilloso.

Ignacio no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: ¡era una carta de su maestro! Retrocedió y empezó a leerla nuevamente. Quería saborear y disfrutar cada palabra. Era como si de algún modo volvieran a estar juntos. Lo invadió una sensación de inmensa paz y felicidad. Su maestro no lo había defraudado; hasta había pasado por encima de su propia muerte para seguir enseñándole. Después de releer el primer párrafo, continuó avanzando.

En primer lugar quiero decirte que un maestro nunca deja a su discípulo. Nuestra relación es para siempre. Yo estaré contigo, en este plano y en el que vendrá cuando termines tu vida material. Tienes que saber que aunque no estoy físicamente al lado tuyo, mi espíritu te acompaña a cada momento. Para mí, lo más importante es que mis discípulos crezcan y se desarrollen. Esa es mi misión. Jamás te iba a dejar, Ignacio, sin darte la ultima semilla. Créeme que ahora, en lo que te queda de vida, estaremos más cerca que antes. Antes nos separaban varios kilómetros. En el plano en donde estaré no existe separación. Todos somos uno. Ese uno es la energía de Dios.

Ignacio estaba emocionado y enternecido por el inmenso amor de su maestro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su cara tenía dibujado un gesto de dulzura. Continuó leyendo.

Esta vez te diré el mensaje de la semilla antes de que la plantes. La séptima es la semilla de la libertad y está representada por el árbol de hunco. Este árbol tiene la particularidad de ser totalmente flexible. Tiene la capacidad de soportar vientos huracanados y hasta de doblarse y colocarse en posición horizontal. Su flexibilidad le da libertad total de movimiento. Lo único que es rígido y no se mueve es su raíz. El árbol tiene una raíz fuerte que lo arraiga al suelo y le sirve de centro para poder mantener su libertad de movimiento. A diferencia de las otras semillas, el árbol de hunco tiene muchos mensajes de sabiduría. Si bien es cierto que la palabra libertad resume su mensaje, permíteme explicarte todo lo que representa este pequeño arbolito.

Primero, nos da un mensaje de flexibilidad. Nos dice que en la vida debemos tener la libertad de adaptarnos a los vientos del cambio. Si el hunco fuera rígido, cualquier viento fuerte lo podría quebrar. Tu propia vida es un ejemplo de cambio; mira todo lo que te ha costado, pero también toma conciencia de los beneficios de haberlo hecho. En el plano material todo cambia minuto a minuto, empezando por tu propio cuerpo a medida que envejeces. Cambian las estaciones, el clima, la naturaleza, la tierra. Cambian la tecnología, los negocios, las culturas. En fin, todo cambia. Lo único que no cambia, Ignacio, es tu espíritu. Puedes hacer hielos de muchas formas y tamaños, y si los dejas afuera de la refrigeradora se podrán derretir. Puedes colocar esa agua en recipientes de diversas formas. Finalmente puedes hervir esa agua y evaporarla. Diversas formas, una variedad de cambios, pero el agua sigue siendo agua y tu espíritu seguirá siendo tu espíritu para siempre.

Ignacio, actúa como el hunco, no seas rígido en tu vida y estate dispuesto a cambiar y ser flexible. Recuerda el secreto de que nuestra verdadera esencia nunca cambia y no tengas miedo. El ser humano está preparado para el cambio. Para protegemos, nuestro cuerpo cambia sin problemas. Por ejemplo, cuando tenemos frío, nos hace tiritar. Esto fricciona nuestros músculos de la boca y produce calor. Cuando tenemos calor, sudamos. Al evaporar agua de nuestro cuerpo, eliminamos calorías y reducimos nuestro calor. Cuando cambiamos de claridad a oscuridad, nuestras pupilas se dilatan para ver mejor. Como ves, nuestro cuerpo está preparado para cambiar; pero desgraciadamente nuestras mentes no. Para simplificarnos la vida, nuestra mente genera hábitos, que son conductas que nos han dado buenos resultados en el pasado y que repetimos subconscientemente. Es algo similar a cuando caminamos en la arena y vamos dejando nuestra huella. Si fue un buen camino y nos llevó adecuadamente a nuestro destino, entonces lo repetiremos. Pero después de caminar por él unas cuantas veces, la arena se solidifica, haciéndonos más fácil transitar el camino y dándonos mayor confianza.

Así son los hábitos. Son caminos o conductas que recorremos constantemente y que nos dan seguridad porque antes nos han funcionado. El gran problema que tenemos es que las cosas cambian, nuestras metas cambian y nosotros queremos seguir usando el mismo camino aunque ya no nos lleve a nuestros objetivos.

Cuando un barco navega en el mar, va dejando una estela que marca su camino. Ese camino permanece dibujado por un tiempo, pero, a diferencia del camino sobre tierra, después desaparece y no deja huellas. El barco navega a través del mar haciendo un camino nuevo cada vez. Este es el reto del ser humano: tener el valor de crear nuevos caminos y dejar las rutas conocidas, para mejorar y crecer.

Ignacio dejó la carta sobre la mesa y dio un par de vueltas por la habitación. Tenía demasiadas cosas en qué reflexionar. Al cabo de quince minutos, retornó la lectura.

Muchas tardes, mientras viví en Lima, me senté a observar a las personas que hacían parapente en la Costa Verde. Antes de que se pusieran el equipo, me imaginaba que si se tiraban por el precipicio su destino era simplemente caer a los acantilados, atraídos por la fuerza de gravedad. Pero cuando tenían el parapente abierto, la corriente de aire ascendente las impulsaba hacía arriba y podían volar por las alturas hacía donde quisieran. Lo mismo le ocurre a la mente humana. Cuando está cerrada y no tiene una actitud favorable al cambio, la fuerza de gravedad de los hábitos la lleva por los mismos caminos y muchas veces eso significa ir directo al acantilado. Cuando abrimos nuestro parapente mental y estamos dispuestos a cambiar, surgen corrientes naturales ascendentes que nos elevan y nos hacen crecer. Pero cambiar y ser flexible no es fácil, Ignacio. El primer enemigo será tu ego. El ego es el que más tiene que perder pues se siente el mejor, el más competente, el más exitoso. Cambiar implica asumir el riesgo de equivocase y esto nos hace vulnerables, que es exactamente lo que el ego no quiere.

Ignacio, cada día de tu vida haz el esfuerzo de pasar encima de tu ego y darle la bienvenida al cambio. Cuestiona tus conductas, tus creencias, tus supuestos, tus prejuicios y lo que te dice tu percepción. Recuerda que el agua del mar de lejos se ve azul, pero de cerca es transparente. Las cosas no siempre son lo que aparentan. No te dejes convencer por lo evidente, por lo conocido, y atrévete a retar lo establecido. No tengas miedo de explorar nuevos territorios.

Cuentan que unas ranas caminaban por un estanque y dos de ellas, una gorda y una flaca, cayeron a un hueco profundo. Las dos empezaron a saltar y tratar de salir del hueco, pero ningún intento tenía éxito. Mientras tanto, las otras ranas que se habían quedado arriba, gritaban: "¡Ánimo, ustedes pueden, vamos muchachos!". Sin embargo la rana gorda, al ver que era prácticamente imposible salir, decidió abandonarse y morir. La delgada, en cambio, seguía intentando salto a salto. Después de un tiempo sus compañeras ya no la animaban. En su lugar le decían: "No sigas, ya no tiene sentido, te vas a morir igual, es tu destino, acéptalo”. Pero la rana seguía y seguía intentando. Las ranas de arriba estaban desesperadas, le decían: "No seas injusta, no sigas intentando, piensa en nosotras, estamos sufriendo viéndote allí, ya muérete y acepta tu destino", Pero la rana siguió, hasta que en un salto tuvo suerte, cogió el borde del hueco y pudo impulsarse para salir. Ya fuera del hueco, la rana cayó exhausta al suelo y las otras se acercaron a verla. Le dijeron: "¿Cómo pudiste? Nosotras te decíamos que no siguieras, ¿cómo pudiste continuar a pesar de nuestro mensaje negativo?". La rana, agotada, les dijo: "Lo que pasa es que soy bastante sorda... y pensé que me estaban animando a seguir".

Ignacio, cuando cambies, tendrás que ser sordo como la rana de la historia. Todos te dirán que no lo hagas de esa forma, que así no funciona, que te irá mal, que te arrepentirás, y tratarán de desanimarte. Es normal; a las personas les molesta cambiar sus hábitos, como te mencioné anteriormente. Pero no hagas caso y sigue adelante con cautela.

Ignacio detuvo la lectura y estuvo cerca de diez minutos reflexionando sobre lo leído. Sentía que de todas las lecciones, aquella era la más completa. Entonces entendía lo que había querido decirle el maestro con aquello de que, aunque ya no estaba en el mundo terreno, ellos estarían más juntos que nunca. Luego siguió leyendo.

El otro mensaje de esta semilla, Ignacio, es la sabiduría del desapego. En la superficie, el hunco no está apegado a nada, fluye con los vientos y no les ofrece resistencia como otros árboles rígidos. Debajo del suelo, el hunco tiene sus raíces arraigadas y apegadas a la tierra. Los seres humanos debemos ser como el hunco, libres y no arraigados a lo superficial, a los bienes materiales y las formas. Nuestro arraigo debe estar sólo en las profundidades de nuestro ser, en lo más importante que tenemos, en lo que nunca cambia, en nuestro espíritu. Estar desapegado no significa que las cosas no te importen, significa aprender a ver la verdadera importancia de las cosas. Desapego significa entender que en este plano material estamos todos en una obra de teatro diseñada por Dios. Que cada uno de nosotros está interpretando algún personaje, pero que todo es irreal. Es una simple obra que termina cuando acaba nuestra vida. Nuestra verdadera vida comienza cuando termina la obra. Los actores no se toman a pecho la trama ni sufren personalmente por lo que pasa en la obra. No se angustian por los problemas planteados en el guion o por las crisis que pasa su personaje. Saben que están actuando y que la obra terminará y su vida real continuará.

El reto de los seres humanos en la obra de su vida en este plano material es acordarse de que están sólo actuando y que la identidad del papel que interpretan no es su verdadera identidad. Que son espíritus eternos, que han venido a aprender en este plano y participar en el juego de Dios. Dios está jugando a las escondidas con nosotros. Dios hizo toda la creación y luego se escondió en ella. Creó el escenario, los actores, el público y diseñó las características de la obra. Ahora nosotros debemos damos cuenta de que sólo es eso, un papel que interpretamos, y debemos encontrar nuestra verdadera identidad, ese pedacito de Dios que está en nosotros, en nuestro espíritu. Dios hizo la creación para vivir la felicidad de encontrarse a sí mismo poquito a poco, espíritu a espíritu. Es por eso que cuando meditas sientes tanta felicidad y paz; es ese el momento en que un pedacito de Dios se encuentra con Dios y sientes la naturaleza de tu verdadera esencia. Ignacio, ante los vientos de las dificultades, actúa como el hunco. No te aferres a nada salvo a tu raíz, a tu alma. Cuando pases momentos difíciles, cuando pierdas algo material que consideras importante, cuando se presenten circunstancias que te amenacen, recuerda que estás jugando un papel en la obra. No te angusties, no te lo tomes a pecho, no te molestes ni te comprometas negativa y emocionalmente. Toma distancia, asume una posición de observador y recuerda tu verdadera esencia.

Recuerda que el objetivo de esta vida es encontrar ese pedacito de Dios dentro de ti y vivir cada momento en felicidad y paz. Eso depende de ti. Tú no puedes controlar los estímulos externos amenazantes, pero lo que sí puedes hacer es aprender a sentir a Dios en cada momento de tu vida, con tu respiración y la meditación. Cuando estás en la playa bañándote y sube la marea, te mueves de sitio para que el mar no inunde tu sombrilla. Cuando baja, lo haces para estar más cerca del mar y no tener que caminar tanto para bañarte. Si sube o baja la marea, no te preocupas y te bañas feliz. La vida es cíclica como las mareas. A veces nos va bien y a veces no tanto como quisiéramos, pero debemos aprender a bañarnos felices en la vida, al margen de las mareas.



Extracto de DAVID FISCHMAN
El secreto de las siete semillas

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