Entendiendo la asertividad. IV

Varios/Otros


Los derechos no pueden desligarse de los deberes

Es bueno tener en cuenta que cada derecho arrastra su parte contraria. Al igual que una moneda de dos caras, cada uno de ellos lleva impreso una obligación, es decir, los temidos y bien ponderados deberes.

Me ha llamado la atención la manera en que la mayoría de los pacientes que han logrado superar su falta de asertividad generan una solidaridad natural, yo diría “de condición” con otras personas inasertivas y víctimas de abuso. Una especia de compasión y reconocimiento por el dolor ajeno, que fue inicialmente sentido en carne propia, los lleva a preocuparse por los demás: “Yo fui así y te comprendo, jamás me aprovecharía de ti”. Estas personas descubren (viven, sientes, perciben) la existencia de un principio ético natural, sencillo y universal: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Voltaire, en su Tratado de la tolerancia, lo expresa así:

El derecho humano no puede fundarse en ningún caso más que en el derecho de la naturaleza, y el gran principio, el principio universal de uno y otro, que está en toda la tierra: No hagas lo que no quieres que te hagan. (La cursiva es mía)

El mejor complemento práctico del ejercicio del derecho, que nos ayuda a no excedernos cuando decidimos ser asertivos, está en la primera fórmula del deber de Kant: “Obra siempre de modo tal que la máxima de tu acción pueda ser erigida en norma universal”.

Cuando ejecuto una conducta de cualquier tipo, especialmente si los demás pueden verse afectados, debería detenerme un instante y pensar dos cosas:

“¿Cómo sería una sociedad regida por el principio que me guía a actuar?”, y “¿Qué pasaría si todos actuaran como yo, sería mejor o peor?”.

Si este ejercicio virtual da por resultado una sociedad inhabitable, regresiva, cruel e injusta sería conveniente revisar mi comportamiento. Es posible que me encuentre más cerca de un acto agresivo e irresponsable, que de la asertividad.



El derecho se hace evidente cuando alguien traspasa el límite de nuestros principios Los derechos pueden aparecer en cualquier parte, de cualquier manera y cuando menos lo pensamos.

Recuerdo el caso de una odontóloga viuda, con una niña de siete años, que aún mantenía relaciones con la familia de su ex marido, a pesar del maltrato psicológico que recibía por parte de ellos. No la saludaban, le mandaban indirectas de todo tipo, la ignoraban o simplemente le recordaban lo mala esposa que había sido.

Había consultado conmigo porque su timidez y la falta de asertividad le impedían relacionarse adecuadamente con sus compañeros de trabajo.

Cuando le pregunté por qué seguía asistiendo a la casa de sus parientes políticos, me contestó: “Soy una mujer sin familia y no quiero que mi hija se desvincule de los abuelos paternos y de sus primos. Lo hago por ella”.

Ninguno de mis argumentos tuvo efecto para hacerla cambiar de opinión. Sistemáticamente, cada domingo arreglaba a su hija, doblegaba su dignidad y se sometía mansamente a los atropellos de un grupo familiar que no la quería.

Pero un día ocurrió algo inesperado, algo que nunca había sucedido antes en la casa de los suegros. La niña, sin querer, hizo caer la radio en la que el abuelo escuchaba el partido de fútbol. El señor, furioso, le gritó “niña estúpida”, la sacudió y luego la empujó contra un muro, lo que le produjo a la pequeña un llanto desconsolado y angustioso. Mi paciente, que estaba presenciando la escena, tuvo una transformación instantánea, yo diría una “mutación asertiva”. Sin perder la compostura y en su estilo parlo le dijo al ex suegro: “Usted es un idiota y siempre lo ha sido. Si la vuelve a tocar se las va a ver conmigo, y verá de qué manera”. Luego se le acercó hasta casi rozar su barbilla con la del sorprendido hombre, lo miró fijamente a los ojos y le murmuró: “¿Me entendió, señor?”. El cuñado trató de intervenir, pero ella lo amenazó con el dedo: “¡Ni se le ocurra levantarse de la silla!”, y el individuo se deslomó en el asiento, como si le hubieran apuntado con un arma.

Acto seguido, levantó a su hija y se retiró, para no volver jamás.

¿Qué le ocurrió a esta mujer? ¿Cómo puede alguien cambiar en un instante de esta manera? Por lo que hoy sabemos en psicología, podemos decir que en situaciones límite y ante acontecimientos vitales extremos, un viejo reducto defensivo, milenario y desconocido, se activa. El otro “yo” asoma.

En el caso de mi paciente, cuando le tocaron a su hija, un click inexplorado se puso en marcha. En alguna parte, había un valor no negociable, un derecho especial oculto, mezcla de biología y amor, que ella no conocía y yo jamás supuse. Bastó apretar la tecla adecuada para que saliera a relucir una mujer valiente, consecuente y asertiva.

Algún experto en el tema podría decir que su asertividad estuvo teñida de cierta provocación, que posiblemente hubo un clima agresivo, que la palabra “idiota” o el señalamiento con el dedo no eran necesarios, que había una amenaza velada en su mensaje, en fin, podríamos encontrar varios fallos en “la forma” en que se defendió. Sin embargo, cuando ella me contó la historia con lujo de detalles y pude ver en su rostro la honda satisfacción del deber cumplido, la felicité. No fui muy exigente en la definición técnica. Ella fue asertiva, no a la manera inglesa, flemática y reposada, sino a la italiana: directa y emotiva. Ellos nunca sospecharon que detrás de esa mujer tímida y aparentemente insegura había una ingresa dispuesta a defender a su cría.



¿Qué nos impide ser asertivos?

¿QUÉ NOS IMPIDE actuar asertivamente, decir “no”, y no dejarnos manipular o explotar? En muchas ocasiones sentimos el impulso vital, la reacción natural de defendernos, pero algo nos frena. Una fuerza sumamente poderosa y opuesta al enfado entra a escena con el fin de aplacar la rebelión e impedirnos actuar como quisiéramos.

Imaginemos que una persona inasertiva está haciendo una larga y aburrida cola y que un extraño, con el mayor descaro, le quita el puesto. ¿Qué podríamos esperar y predecir de un sujeto no asertivo en esta situación? ¿Qué pasaría en su interior? Veamos.

Es probable que no haga ni diga nada. Muy posiblemente en su interior se desencadenaría una lucha simultánea entre dos procesos opuestos: uno mental y otro emocional. De una parte, la indignación activaría el organismo para un ataque a gran escala, sus funciones entrarían en alerta roja y la artillería más pesada de todas, la biológica, apuntaría directo a la cabeza de su oponente. Pero, al mismo tiempo, un sistema de creencias altamente evaluativo empezaría a moderar la ofensiva. Una duda metódica y existencial, orientada a predecir consecuencias, bloquearía el sistema de acción y lo obligaría a revisar la cuestión y a temblar. La firme intención de protestar, de no darse por vencido, de hacerse respetar hasta las últimas consecuencias comenzaría, lenta e inexorablemente, a ceder terreno ante un enemigo difícil de enfrentar: el miedo ganaría la batalla. “Tranquilo señor, pase adelante, a mí no me molesta, no tengo prisa, con mucho gusto…”

La lista de temores que nos impiden ser asertivos puede ser larga y variada. Sólo para citar algunos: miedo a parecer torpe, miedo a la respuesta agresiva del otro, miedo a perder el control, miedo a ser inadecuado, miedo a sentirse culpable, miedo a no saber qué decir, etc. De acuerdo con la historia personal, cada uno va fabricando sus propios fantasmas. Si gana el sentido de la dignidad, habrá respuesta asertiva, si triunfa el miedo, habrá evitación / sumisión.

Hace poco, estaba en una larga fila esperando un taxi. Era de noche y había huelga de taxistas, así que éstos llegaban como en cuentagotas. El clima era tenso, pesado y húmedo. El mal humor podía sentirse en cada uno de los que allí estábamos. De pronto, apareció una mujer de unos sesenta años, de pelo muy blanco, arrastrando un carro de supermercado lleno de paquetes. Despacio, se arrimó al primer puesto y se quedó mirando con gesto de súplica a la mujer que estaba primera. Al cabo de unos minutos, posiblemente por la presión, la mujer la invitó a tomar su sitio: “Póngase aquí, yo le cedo mi lugar”, y dio un paso atrás. La anciana agradeció con gesto benevolente y se acomodó como una gallina dispuesta a poner un huevo.

De inmediato, todos despertamos del sopor como si hubiéramos recibido una descarga eléctrica. Yo comencé a experimentar una mezcla de ira y ansiedad que fue creciendo lentamente, ya que me había sentido indirectamente manipulado por la señora de las canas, que a la hora de la verdad no se veía tan impedida.

Quería hablar y expresar mi molestia, pero a la vez temía que la gente me viera como a una especie de monstruo insensible, después de todo, se trataba de una mujer de edad. Sin embargo, la manera en que se habían dado los hechos me molestaba.

Estaba a punto de abrir la boca, cuando un señor mayor, más valiente que yo, soltó un grito: “¡Señora haga la cola como todos!”. Nadie se inmutó, sólo hubo silencio. Una segunda voz, dijo: “¡Llevamos aquí casi una hora!”.

Y así, por contagio, uno a uno, los habitantes de aquella interminable cola, fuimos expresando nuestra insatisfacción. Al cabo de un rato, la señora que había ofrecido el espacio, ya harta de quejas, protestó furiosamente: “¡Ya basta! ¡No es para tanto! ¿No ven que yo le cedí mi puesto!”. Ésa fue la gota que colmó el vaso. El dilema moral estaba planteado. En realidad, la mujer no había cedido su puesto sino el de todos. No hubo consenso, ni encuestas previas, ni intercambios de opiniones: habíamos sido involucrados en un acto aparentemente humanitario, sin nuestro consentimiento. Si la “buena samaritana” hubiera sido consecuente con su acto caritativo, debería haber cedido de verdad su puesto y haberse ido al final de la cola.

Lo que quiero resaltar es que junto con la ira que sentí, desde mi punto de vista, razonable y válida, surgió un miedo inhibitorio que bloqueó mi capacidad asertiva: el miedo a parecer malo o insensible. Durante unos minutos, pudo más el temor al rechazo que mi indignación.

Finalmente, la anciana saltó ágilmente al primer taxi que llegó y se alejó, sin importarle demasiado las manifestaciones de repudio en su contra. Indudablemente ella no sufría de fobia social ni estaba tan incapacitada como quería aparentar.

¿Qué nos impide ser asertivos? Aunque la ansiedad social es quizá el principal obstáculo para que la conducta asertiva pueda consolidarse, no es el único factor. Las creencias irracionales y los malos aprendizajes también pueden influir negativamente.



Extracto de: CUESTIÓN DE DIGNIDAD
Aprenda a decir NO y gane autoestima siendo asertivo.
Autor: Walter Riso

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