La Doma.

Varios/Otros


5 - La Doma

No te separes nunca del látigo ni de la cuerda:
el buey podría extrañarse por las arenas movedizas.

Si lo guardas bien, si lo cuidas bien,
se volverá suave y dócil.

Una vez ahí podrás romper todas las cuerdas,
y sin necesidad de atarlo
te seguirá tranquilamente por todas partes.

Cuando viene un pensamiento, otro le sigue,
después otro.
Un remolino de ideas sin fin aparece.

Todo se transforma el Día del Despertar.
La Verdad se desvela.

El error surge de la falta de claridad.
Los acontecimientos nos turban
no por lo que son sino por lo que hacemos de ellos.

Coge bien las riendas, que no se te escape nada.
No vaciles.


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El camino está lleno de arenas movedizas. Zazen es atravesar un terreno peligroso lleno de trampas, de precipicios y de abismos que son nuestras propias actitudes erróneas surgidas de la ignorancia. El apetito sensual puede ser también arena movediza.

Durante una sesshin aparece el subconsciente. Por eso durante zazen uno puede decirse: "¡Ah!, me tomaría una buena cerveza ahora"; o "qué bien se estaría ahora en una playa nadando y viendo los pececitos de colores"; o "qué bien estaría ahora tumbado en una cama grande de sábanas limpias al lado del cuerpo amado"; o surge el deseo de comerse unas chuletitas de cordero... Y si uno no presta atención, poco a poco esos apetitos se convierten en arenas movedizas y nos van engullendo, engullendo. Y como estamos en una sesshin y no es posible satisfacer todos los apetitos sensuales, aparecen sentimientos de frustración que pueden convertirse en ira o en cólera. Y esto se transforma de nuevo en otras arenas movedizas que amenazan con engullirnos.

La ira y la irritabilidad, a su vez, pueden dar lugar a una indiferencia por todo, a una desmotivación, a pereza y sopor: "Como no obtengo lo que quiero, voy a tratar de acabar los días que me quedan lo antes posible." Uno no pone entusiasmo, actúa sin lucidez, sin poner el corazón, y se limita a dormitar. Después, durante el trabajo, va de acá para allá como un zombi. El cuerpo está oxidado, se niega a trabajar, se niega a estirarse durante zazen, se niega a recitar los Sutra de las comidas o lo hace con una gran falta de energía. Realmente, a veces, hay ceremonias de zombis. El sopor, la pereza nos atan la garganta y nos impide expresar toda nuestra energía a través de la voz. El segundo día de sesshin es el día de la oxidación y el mecanismo se niega a funcionar.

Debemos tener cuidado con no hundirnos en estas arenas. Es necesario meterse debajo del grifo a las cinco de la mañana y evitar un zazen soporífero parecido a una cerveza sin gas.

El maestro Deshimaru decía: "Debemos hacer zazen con la actitud de un general frente a su ejército." Esto quiere decir bien sentados sobre nuestra montura, bien sentados sobre el buey. Es importante no desplomar los lumbares ni dejar que la cabeza caiga. Es necesario no dejarse atrapar por las lianas de la ansiedad y del desasosiego.

A veces pasamos el zazen contando el tiempo que queda, esperando desesperadamente que suene la campana que indica el final de la sesión. O bien, cuando uno se ha quemado en el fuego de la cólera, frustrado de no satisfacer sus apetitos sensuales, aparece la duda: "¿Esto qué es? Esto no es para mí. ¿Qué hago yo aquí?" Uno comienza a dudar de zazen, de la enseñanza del maestro, de la calidad de la comida, de la utilidad del trabajo. Uno comienza a dudar absolutamente de todo.

Pero la duda es muy peligrosa porque escinde nuestra energía, nos hace caer en dos polos y comenzamos a luchar: una parte se quiere ir y la otra se quiere quedar. La duda desgarra el huevo energético que somos. La duda es una fisura en nuestro samadhi, en nuestra concentración sin mácula. Por eso, desde que la duda aparece, aunque sea una duda pequeñita, debemos prestar mucha atención, usar la cuerda de la concentración y echar la duda del campo de nuestra conciencia y no darle importancia.

Lo más importante es evitar que el buey, la mente, se empantane en alguno de estos obstáculos. Y hay muchos. El camino está plagado de redes, como por ejemplo el miedo. El miedo atenaza nuestro cuerpo, vuelve rígida nuestra mente.

Cuando tocamos los instrumentos de la ceremonia a piñón fijo, como si nos hubieran dado cuerda, es debido al miedo, al miedo al fracaso, a no hacerlo bien, a hacer el ridículo. El miedo hace que el sistema nervioso, el sistema muscular y la mente, en definitiva, se vuelvan rígidos y mecánicos. Es el miedo el que hace que sintamos el pecho oprimido y el que nos contrae, nos bloquea el diafragma, impidiendo el correcto funcionamiento de la respiración.

Hay muchas clases de miedo: miedo a pasar más allá de los límites conocidos, miedo a perder la conciencia de ego que hemos tenido hasta ahora, miedo a dejar de ser lo que hemos sido hasta el presente. Pero, sobre todo, la causa fundamental del miedo es el miedo a ser, miedo a existir, miedo a afrontar todos los aspectos de nuestra existencia, miedo al dolor.

El miedo al dolor es miedo a la existencia. La existencia es placer y dolor. Si queremos abrirnos totalmente al hecho de existir, de ser aquí y ahora, debemos abarcar tanto las experiencias dolorosas como las experiencias placenteras. Si decimos: "Vamos a bañarnos al río desnudos", se nos abre el pecho de alegría, lo aceptamos plenamente porque nos estimula. Pero si decimos: "Ahora vamos a hacer tres sesiones de zazen seguidas", entonces nos negamos a aceptar la dificultad, tememos experimentar dolor, y nos vamos cerrando, cerrando. Para evitar que las rodillas sufran uno tensa los hombros, por ejemplo, y cuando, a causa de la tensión, los hombros comienzan también a doler, entonces intentamos echarnos hacia un lado, hacía detrás, hacia delante. Pero al cabo de un tiempo esto acaba doliendo también y la postura termina pareciéndose a un tronco retorcido de olivo.

Debemos abrirnos desde el principio a la sensación de dolor. Abrir y no cerrar el cuerpo. Debemos penetrar con la atención la naturaleza de las sensaciones. Huir del dolor es mucho más difícil, incluso imposible. Vayamos donde vayamos, siempre encontraremos dolor.

Así, puesto que el dolor forma parte intrínseca de nuestra existencia, más vale aprender de una vez por todas qué actitud tomar ante él y no pasarnos la vida huyendo.

Durante zazen también aparece la trampa del sentido de culpa. Esto es difícil de expresar. A veces no hay una razón aparente, pero la culpa oprime nuestro pecho y pone rígidos nuestros homóplatos. Hacemos zazen como si cargáramos una cruz, la cruz del sentido de culpa. Esto es debido seguramente a la educación, a la formación religiosa que hemos recibido hasta ahora. Y esto pesa mucho, no sólo durante la vida cotidiana sino también durante zazen. Y es aquí donde podemos tomar conciencia de ello.

En el Budismo se dice: "Originalmente todos los seres somos puros por naturaleza." No nacemos con ningún pecado. Nuestro único pecado consiste en perder la conciencia de nuestra naturaleza original. Por eso, durante zazen debemos reconducir nuestra mente y nuestra conciencia hacia esta pureza original. Debemos sentirnos bañados, inundados por ella. Somos inocentes, sí responsables, pero de ningún modo culpables. La culpabilidad implica un juicio, implica un fiscal, un juez. Estos roles de fiscal y de juez los adopta muy a menudo nuestra propia mente en relación a nuestra propia mente.

Nosotros mismos somos nuestros peores verdugos, nuestros peores fiscales, nuestros peores jueces, los más despiadados.

Cuando tomé conciencia de mi sentido de culpa escribí un pequeño poema que titulé "Soy inocente":


"Me siento como un idiota
crucificado en la cruz
que yo mismo he arrastrado y erguido
en la cima de mi propia estupidez.

Lanzo miradas de súplica esperando mi redención.
¿Cómo puedo olvidar que soy yo mismo
quien ha clavado mis manos y mis pies,
quien ha lacerado mi costado
y quebrantado mis huesos?

Mi propio dolor me ciega y me enajena.

Pero antes de la última expiración
descubriré al verdugo que se oculta en mi ignorancia
y lo desterraré lejos de aquí
junto al juez que ha dado la orden de mi suplicio.

Soy inocente
y merezco la dicha de ser
lo que soy. "


Debemos identificar al fiscal, al juez y al verdugo que opera dentro de nosotros, dentro de nuestra mente, después de haber asimilado e interiorizado los modelos arquetípicos de la sociedad en la que vivimos. Aunque estemos aquí aislados del resto del mundo social, traemos dentro de nuestra mente todas las leyes y las normas, todos los arquetipos inconscientes del mundo social.

Por eso, durante zazen hay que tener cuidado de no empantanarse en el sentido de culpa: "No estoy haciendo las cosas bien. Me he movido. He perdido la concentración. He caído de nuevo en un estado infernal." No importa que nos equivoquemos. Nuestra vida es un continuo tanteo, una continua experimentación. De lo único que se trata es de tener los ojos bien abiertos con el fin de no tropezar dos veces en la misma piedra.

Se suele decir: "Si caemos al suelo debemos utilizar el suelo para levantarnos." Como en sampai. En sampai no nos caemos, nos tiramos. Y cuando estamos en el suelo, nos levantamos de nuevo con la ayuda del suelo, apoyándonos en el suelo.

Así, si nos caemos siete veces, debemos levantarnos ocho. No importa las veces que nos caigamos, lo importante es levantarnos una vez más.

Por eso, el maestro Kakuan dice:


"Si guardas bien al buey
si lo cuidas bien,
se te volverá suave y dócil. "


Toda la vida del buey consiste en domar la mente anárquica y salvaje, domar las pulsiones que surgen desde lo más profundo de la inconsciencia. Y domarla no quiere decir cortarle la cabeza, quiere decir encauzarla, volverla suave y dócil.

En el Budismo Mahayana no se trata de cortar con todos los deseos, con todos los impulsos vitales. Se trata de canalizarlos, de volverlos digeribles, consumibles para la vida humana, de manera que el ser humano no sea una marioneta en manos de estas fuerzas descontroladas. Por eso, el sexo no está prohibido, no se considera malo.

Pero, ¿cómo se consigue esto?

Esencialmente, el Buddha enseñó la Vía de la atención sobre la respiración anapanasati. El Anapanasati Sutra es uno de los textos más importantes en la práctica del Budismo. Anapanasati significa el control o la armonización de la conciencia mediante la atención en la respiración. Todos nuestros estados emocionales y mentales influencian la respiración y viceversa.

En el Zen se dice: "Es difícil limpiar una mancha de sangre con sangre." Es difícil solucionar la ira con más ira, solucionar el miedo con más miedo. Es difícil poner fin a la violencia con métodos violentos. Es imposible armonizar las emociones emocionalmente.

Es necesario actuar de manera indirecta, a través de la respiración.

Lo primero que debemos hacer es crear una relación entre los distintos tipos de respiración y los diferentes estados mentales y emocionales. Una persona afectada por el miedo no respira de igual forma que una persona en samadhi profundo. Una persona imbuida de amor universal no respira igual que una persona afectada por la cólera o por el odio. Una persona que huye no respira igual que una persona que simplemente está ahí. Una persona que busca ansiosamente, cuando hace el amor, respira de una forma característica. No respiramos igual cuando comemos descontroladamente que cuando tomamos los alimentos durante una sesshin.

Por eso es necesario prestar atención a la propia respiración y establecer los vínculos entre ésta y el estado mental y emocional en el que nos encontramos.

Así, poco a poco, podemos ir creando, transformando, dosificando la respiración de forma que provoque un determinado estado de conciencia.

Por ejemplo, la condición de samadhi unida a la condición de observación está caracterizada por una respiración cuya frecuencia es muy amplia, es una respiración tranquila, profunda pero viva. En el Zen se habla de una respiración sutil, tranquila y profunda, pero como muchos no saben de qué se trata, simplemente se limitan a contener la respiración, a respirar muy poco. Aparentemente todo está muy tranquilo, pero esta tranquilidad se rompe por cualquier fenómeno, por cualquier sensación como el dolor. Sin embargo, tener una respiración amplia y profunda nos ayuda a encarar todo tipo de sensaciones y situaciones sin perder la calma. Es importante identificar los distintos estados mentales con su respiración propia y con la influencia que esto crea en el cuerpo. Porque la respiración está íntimamente ligada al esquema corporal. Cuando, por ejemplo, tenemos el diafragma bloqueado por el miedo, esto no impide tener una respiración profunda.

Esto mismo ocurre cuando tenemos un choque emocional reciente y aún conservamos la huella. O bien, si estamos deprimidos, el pecho se hunde, los músculos torácicos pierden tono y dificultan una inspiración amplia y profunda. Y poco a poco la caja torácica se va cerrando y cerrando, va saliendo una costra a nivel dorsal y nos vamos encerrando en nuestro caparazón, disminuimos la capacidad pulmonar, los pulmones no son bien ventilados, lo cual da lugar a estados de conciencia turbios, oscuros y poco claros.

Por eso digo: "Inspirad plenamente, aunque duela al principio." Duele porque no estamos acostumbrados, porque en el pecho conservamos todas las huellas de nuestros dolores emocionales pasados. Y lo que usualmente hacemos es mantenerlo ahí dentro bien quietecito para que no se mueva, crear la costra y el caparazón de tortuga para encerrarlo. De esta forma nos sentimos protegidos. Pero eso no es vida, así se malvive solamente.

Al inspirar profundamente trabajamos los músculos pectorales, y de esta manera afloran todos nuestros dolores pasados. En ese momento, debemos estar de una pieza para observar, para integrarlos en la conciencia y asumirlos.

La respiración fetal es muy distinta a la respiración que se mantiene cuando se está en zazen con la columna completamente derecha, con las rodillas bien clavadas en el suelo. La espiración es profunda, la inspiración total. El diafragma es un músculo flexible que sube y baja siguiendo el oleaje de la respiración.

Pero no es fácil. Al hacer esto debemos asumirnos tal y como somos ahora, con todas nuestras cumbres y con todos nuestros abismos. Y esto a veces requiere demasiada valentía y tendemos a volver a la postura fetal, al útero materno.

Sin embargo, debemos entender que esto es imposible, que ya no tenemos otra alternativa que seguir creciendo y afirmar lo que somos ahora. Esto es zazen: una afirmación de la totalidad de uno mismo, más allá del ego. No se trata de afirmar el ego porque el ego se resiste a abandonar el esquema mental que tiene de sí mismo. El ego tiende hacia la complacencia, hacia la conmiseración. Y esto no es una actitud de un guerrero de la Luz. Un guerrero de la Luz debe erguirse ante las dificultades y aceptar plenamente su ser, debe luchar únicamente contra su propia estupidez, contra su propia ignorancia.

La respiración es, pues, un método para armonizar el uso del látigo y el uso de la cuerda, un modo de hacer que el buey se vuelva dócil y suave. Una vez que el buey ha sido domado, es posible arrojar todas las cuerdas porque ya está bien adiestrado. Entonces aparece la libertad. Zazen es la Vía de la libertad. Pero esta libertad tiene un precio, requiere un dominio, requiere una superación personal.

Al final de la Vía del Zen encontramos la libertad del pájaro volando en el cielo, la libertad del pez flotando en el agua, la libertad del ser humano siendo ser humano, con sus cumbres y sus abismos.

En esto consiste una sesshin, en sesiones intensivas de doma y monta del buey. Pero, ¡cómo se resiste!, ¡qué salvaje es!, y sobre todo, ¡qué astuto es! Siempre encuentra todo tipo de artimañas para escaparse, para soltarse del lazo. Es incluso capaz de quebrarnos una pierna con tal de no dejarse domar. Incluso es capaz de hacernos perder la conciencia para no aceptar. Pero no importa, la doma del buey es una cuestión de paciencia. A veces usamos la estrategia del ejército chino: un paso hacia atrás, dos pasos hacia delante.

Una vez que el buey esté domado, nos seguirá tranquilamente allá donde estemos sin ningún problema, como la vaca de Isan.

El maestro Isan tenía una vaca y se habían hecho íntimos. Ni siquiera hacía falta que la llevara a beber al río cogida por la argolla de la nariz. Por la mañana, cuando salía de zazen, el maestro Isan decía a la vaca: "¿Dónde vamos hoy?" Y la vaca respondía: "Donde usted quiera, maestro."

Entonces el maestro Isan se montaba en la vaca e iban siguiendo el perfume de las flores y el canto de las abejas. La vaca de Isan ya no dejaba huellas, no necesitaba ser arrastrada a ningún lugar. Y es que Isan la había domado, la había adiestrado. Y ahora eran completamente libres, el maestro y la vaca.

Debemos tener la libertad de ir por todas partes sin miedo. Los infiernos más profundos son la Mente Única; los estados más estáticos son la Mente Única. Pero solamente cuando tenemos al buey adiestrado podemos decir esto y actuar en consecuencia. Solamente cuando no somos dirigidos por la argolla de los deseos, de nuestra estupidez o de nuestra ignorancia podemos ser libres.

¿Qué significa ser libres? ¿Significa comprarse el coche que uno desea? ¿Significa veranear donde uno quiere? ¿Significa acostarse con quien a uno le apetece? Esto sólo responde a una gran cantidad de condicionamientos que nos mantienen aprisionados: necesidad de autoestima, sexo, fama, necesidad de ser queridos y aceptados...

La vaca de Isan no necesitaba argolla, no necesitaba que nadie tirara de su nariz para llevarla de un lugar a otro. Ambos eran libres de ir por donde querían. Pero eso era solamente fruto del entrenamiento, de la práctica de la captura y doma del buey.

Hay que cuidar de no separarse nunca del látigo ni de la cuerda. Y nunca, quiere decir hasta que el buey no esté totalmente domado. Porque normalmente creamos un torbellino de pensamientos, de deseos sin fin que nos tragan como un tifón. Un pensamiento sigue a otro pensamiento. Detrás de un deseo aparece otro deseo. Entramos fácilmente en la siguiente dinámica: "Necesito comprarme un coche resistente que sea... ¿Cuánto? Dos millones. Bien, lo necesito para ir a trabajar. ¿Y para qué necesito trabajar? Para pagar el coche que me lleva a trabajar. Y además, como es un trabajo de alto rango, necesito también ir vestido con ropa de alta categoría."

Conclusión: Finalmente gana más quien ganando menos necesita menos.

Estos son los remolinos y las espirales que nos van absorbiendo en la vida cotidiana, estas son las arenas movedizas que nos van engullendo.

Al principio uno se dice: "Nada, yo controlo." Cuando está enterrado hasta los tobillos sigue diciéndose: "Yo controlo." Pasa como con la droga. Después, cuando uno está hasta las rodillas: "Yo todavía controlo, no hay problema." Después, poco a poco, las arenas movedizas van chupando, y cuando uno se da cuenta es demasiado tarde, uno ya ha tragado demasiada mierda, demasiada agua cenagosa.

Por eso hay que tener mucho cuidado con las arenas movedizas por las que nos movemos. ¿Cómo? Con la atención: el látigo y la cuerda.

Siempre digo: "Un árbol muy grande nace de una semilla muy pequeña. Cuando la semilla es pequeña es muy fácil hacer con ella cualquier cosa. Pero cuando el árbol tiene un tronco grande y cuatro metros de raíces, es mucho más difícil desenraizarlo."

Cuando no usamos el látigo ni la cuerda, cuando no prestamos atención a la mente propia, vamos de confusión en confusión. El buey se va empantanando acá y allá. Y nuestra vida se va pareciendo cada vez más a un bosque de melaza en el cual nos vamos quedando pegados. Nos pegamos a los hijos, nos pegamos a los amantes, nos pegamos al trabajo, adheridos al panal de miel que nos aprisiona. Lo más dulce puede ser también lo más peligroso y convertirse en lo más amargo.

A veces una sesshin no es dulce, es más bien amarga. Pero nos permite obtener una gran libertad. Mientras que si nos dejamos llevar por aquello que es dulce de entrada, podemos quedarnos atrapados como las moscas en el tarro de miel.

La verdad se desvela el día del Despertar, cuando el buey ha sido domado. El problema surge ante la falta de claridad mental. A esto se le llama mummyo, ignorancia, en el Hannya Shingyo. Mu significa no. Myo significa espléndido, lo que brilla, lo claro y luminoso. La ignorancia es definida como un estado no luminoso. Por eso, debido a esta falta de claridad que nos permite ver claramente nuestros contenidos mentales y la naturaleza misma de nuestra mente, nos aparecen muchos problemas.

Debido a esto, "los acontecimientos nos turban", escribe el maestro Kakuan, "no por lo que son, sino por lo que hacemos de ellos."

Esta es la ignorancia: no ver los acontecimientos tal como son sin crear una maraña mental alrededor. Tenemos el ejemplo del señor que, después de una noche de juerga, vuelve a su casa y al atravesar el jardín encuentra una enorme serpiente. Asustado, coge una estaca y comienza a apalear a la serpiente hasta que la rompe en mil pedazos. Después queda más tranquilo y se dirige a su habitación a dormir. A la mañana siguiente, ya más despejado, va al jardín a regar y se encuentra la manguera totalmente destrozada...

Esto es la ignorancia. Es lo que a menudo nos suele pasar en la vida cotidiana en la que los acontecimientos nos turban no por lo que son en sí mismos, sino por lo que hacemos de ellos, por la secreción mental que surge a partir de ellos.

¿Conocéis la historia del marido celoso?

"Érase una vez un rey muy colérico que no conseguía vencer su cólera con nada del mundo. Alguien le dijo: «En el país de al lado hay un hombre muy sabio que tiene una fórmula mágica para acabar con la cólera.» El rey mandó entonces a su primer ministro al país vecino con objeto de conseguir tan preciado remedio.

Su primer ministro era un hombre muy celoso y estaba casado con una mujer muy hermosa. Antes de emprender el viaje fue a despedirse de su mujer y a asegurarse de que todo estaba bien controlado. Le dijo: «Vuelvo dentro de un mes.»

Ya en el país vecino, encontró al sabio ermitaño y le dijo:

- Vengo por el remedio contra la cólera. El ermitaño le contestó:
- Cuesta un millón de dólares.
- ¡Oh!, eso es muy caro, espetó el primer ministro.
- Pero es muy eficaz. ¿Qué prefiere tu rey perder un millón de dólares o seguir prisionero de la cólera?, arguyó el ermitaño.
- Dado que el rey es muy rico no tendrá ningún inconveniente en pagar, acabó por decir el primer ministro.

Le entregó el millón de dólares y el ermitaño le dio un papelito muy pequeño doblado en cuatro.

Al llegar de nuevo a su país, antes de entrar en el palacio real, fue a visitar a su mujer. Y resultó que no había tardado un mes, sino dos semanas. Cuando estaba a punto de entrar en la casa oyó la voz de un hombre dentro de la casa y a su mujer riendo con él. De pronto, la cólera y los celos se apoderaron de él. Pero recordó enseguida que llevaba el remedio contra la cólera que le había dado el ermitaño. Entonces se dijo: "Esta es la oportunidad de ponerlo en práctica. Ver, si funciona." Abrió el papelito y leyó:


"Tenga paciencia. Respire hondo cien veces"


Este hombre hizo caso del consejo. Se paró, comenzó a respirar honda y profundamente y la cólera se fue yendo poco a poco. Ya tranquilo, entró en su casa y ¡hete aquí su sorpresa cuando vio que el hombre en cuestión no era sino el hermano de su mujer que había venido de visita y la abrazaba de alegría!"

Esto es para ilustrar el valor de la paciencia y la importancia de una respiración larga y profunda.

No permitáis que vuestro cuerpo se vuelva retorcido como un tronco de olivo y os impida respirar amplia y profundamente.



Extracto de La Doma Del Buey
LAS DIEZ ETAPAS DEL DESPERTAR
SEGÚN EL MAESTRO ZEN KAKUAN SHIEN
Traducción y comentarios de Dokushô Villaba

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1 Comentario de lectores

21/10/2020

Salud hnos. Gracias por vuestros envíos!!

Nota: desvelar = no dormir... develar = quitar el velo.

Abrazos!!
Nicolás desde Chile