La ética y moral elevadas forman el carácter...

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La ética y moral elevadas forman el carácter, el ser del hombre espiritual

El pensará noblemente, hablará desinteresadamente, actuará bondadosamente y su manera de ser será tranquila, soberana. El estará por encima de las emociones y tendencias humanas, también por encima de los ademanes de su prójimo, por encima de sus opiniones e imaginaciones. Sus gestos son armoniosos y equilibrados, su cuerpo está erguido, su mirada clara. El hombre es flexible y joven, a pesar de los años con los que se va marchitando.

Otros principios de la ética y moral más elevadas son la sabiduría y la bondad. Hombres con estos principios de vida son activos y constructivos, ayudan y sirven, son pacientes, misericordiosos y fieles al orden: lo que hacen, lo hacen íntegramente. Lo que prometen, lo cumplen. Son puntuales, se sacrifican, son benevolentes, pacientes, afables, mansos, humildes y fiables en todas las cosas.

Las almas y hombres que por causa de sus actos en contra de la Ley eterna han caído en la ley de causa y efecto, se enredan cada vez más en el amor propio, que es el polo opuesto del amor desinteresado, a no ser que el hombre reconozca a tiempo que es hijo de Dios.

El hombre egocéntrico piensa sólo en sí mismo conforme a su carga del alma, y relaciona todo lo que existe consigo mismo. También lo que dice su prójimo sobre él, tanto lo positivo como lo negativo, lo relaciona el hombre enredado en el mundo consigo mismo, porque es egocéntrico.

Por eso el hombre se entrega cada vez más a lo temporal, a lo material, se vuelve insatisfecho y cada vez más egocéntrico.

A causa del egocentrismo, el hombre establece modelos de pensamiento, como por ejemplo que su prójimo debe pensar y vivir como él mismo, que su prójimo no debe tener ni más ni menos que él.

A causa de estos modelos de pensamiento, partiendo de un único hombre, se producen cada vez más ataduras que se convierten en lazos kármicos con los que los hombres se atan entre sí. Entonces se encontrarán en esta o en otras vidas para reparar lo que en su día causaron.

El que no sea bien intencionado con su prójimo, el que le reprenda constantemente, hable negativamente de él y le cause daño o sufrimientos, estará atado a él y solamente encontrará liberación cuando su contrario le perdone. Esto disolverá la atadura kármica.

De esta manera, el hombre que no reconoce esto y que no se orienta hacia la Ley de la Vida, va construyendo día tras día su destino, que es la suma de su comportamiento erróneo. Los golpes del destino tan variados que caen sobre los hombres y que acontecen en este mundo, son consecuencias de causas anteriores que ahora se hacen efectivas.

Los hombres que no han considerado todavía la ley de siembra y cosecha, creen que el destino es casualidad. Estos hombres pueden hacer que el destino de su prójimo vuelva a ser el suyo propio al preocuparse con angustia de si ellos mismos deberán sufrir lo mismo o algo parecido.

Quien se preocupa a diario de que pueda sucederle a él mismo algo igual o similar que a su prójimo, crea muchas veces debido a su temor y a sus preocupaciones, la causa cuyas consecuencias temía. El destino de su prójimo, que en un principio no le afectaba, puede ir construyendo en él, en su alma, efectos iguales o similares a causa de sus temerosas preocupaciones.

Los pensamientos son fuerzas que se vuelven efectivas dentro y fuera del hombre. Se convierten en formas de pensamientos que ejercen su influencia en el cuerpo y van cambiando –según su intensidad– su estructura y su masa. Los pensamientos luminosos traspasan de luz al alma y al hombre, pero los pensamientos oscuros oscurecen al alma y forman de igual manera la envoltura, el hombre.

El hombre luminoso es el hombre espiritual que irradia la ética y moral espirituales como características de su manera de ser, como algo que ha nacido en él, y lo transmite en la forma de su cuerpo, en su postura, sus movimientos, su mímica, en pensamientos y palabras, en la mesa y en la elección de las comidas.

En la forma de alimentarse y en lo que come, el hombre muestra quién es.

El que no observa la ley causal y se entrega desenfrenadamente a la vida terrenal, se va separando indirectamente cada vez más de Dios, de la Ley absoluta.

Cuanto más se enreda el hombre en su ego, cuanto más grande es el amor del hombre a sí mismo, tantos más lazos se crean para él con la ley de siembra y cosecha. El pensamiento y la vida egocéntricos, o sea, el deseo de poseer, ser y tener, abren cada vez más el abismo entre Dios y el hombre.




Extracto de: Lo que piensas y hablas, tu forma de comer y lo que comes, muestra quién eres.
La palabra de Dios para nosotros manifestada por el Querubín de la Sabiduría divina, el hermano Emanuel.
Dada a través de la profetisa del Señor, Gabriele de Würzburg

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