Adam, el amor que cura.

Varios/Otros


¿Quién puede dudar del poder del amor? Dios ha querido que sean las creaturas más frágiles de la creación, los enfermos, los pobres, los discapacitados, los puentes tendidos hacia su amor incondicional, pues ellos desde su vacío y su nada concebidos por nuestra fría lógica, lo pueden todo, pueden lo que ninguno de nosotros ha podido jamás: ser reflejos vivos, desnudos y puros del amor divino, quizás por estar justamente libres de las ‘vestimentas’ de la moda, del intelecto, del ego y de tanto más. Así lo fue descubriendo Henri Nowen, teólogo destacado y gran divulgador de la espiritualidad cristiana, al conocer y convivir con Adam, un discapacitado intelectual cuya única capacidad era su mirada, que era su presencia: no podía caminar, ni hablar, ni entender, limitándose su existencia a una silla de ruedas y a la compasión de quienes lo ayudaban. ¿A qué? Simplemente a vivir, porque solo se hubiera muerto de seguro, como un recién nacido que se lo abandonara a sus propios medios. Pero dejemos hablar a quien vivió esta historia: “Para la mayoría, Adam era una persona discapacitada con muy poco que ofrecer y que suponía una carga para su familia, su comunidad y, en último término, la sociedad. Y mientras se le considerara de esta forma, su verdad permanecería oculta. (…) Adam no poseía virtudes excepcionales en grado heroico: no destacó en nada de lo que suele escribir la prensa. Pero yo estoy convencido de que Dios eligió a Adam para manifestar su amor en su fragilidad. Cuando afirmo estas cosas no pretendo hacer de él un héroe romántico ni ponerme sentimental.

Adam, al igual que todos nosotros, fue una persona limitada, más limitada que la mayoría, y que no podía expresarse con palabras. Pero fue también una persona completa y un hombre bendito. Su debilidad le convirtió en un instrumento sin igual de la gracia de Dios. Llegó a revelar la presencia de Cristo entre nosotros”.

Amado y cuidado por sus padres, Adam vivió en su casa hasta los 18 años, pero tras agravarse su afección cerebral por un accidente tuvo que ingresar a un hospital para enfermos crónicos porque ya sus padres no tenían la fuerza ni los medios para prestarle todos los cuidados que requería. Cinco años vivió Adam en este hospital de Canadá, cuyo ambiente impersonal y falto de estímulo agravó su estado, perdiendo mucho peso y la capacidad para moverse solo. Fue ésta la etapa oculta de la vida de Adam, la etapa de mayor sufrimiento espiritual donde la nada era la habitación que lo acogía, una nada análoga a la ‘noche oscura’ y al ‘desierto’ en los que, no sólo Jesús, sino de su mano muchos místicos y espirituales, fueron probados en su fortaleza y en su fe. Llegados aquí, resulta inevitable el paralelismo con la vida doméstica de Jesús. “Jesús no vino a este mundo con fuerza y poder. Vino vestido de humildad. La mayor parte de su vida transcurrió oculta, participando de nuestra condición humana como bebé, como niño pequeño, como adolescente inquieto y como adulto en su madurez. La vida oculta de Adam, como la de Jesús de Nazareth, fue una preparación invisible para cuando llegara la hora de dar testimonio ante gran número de personas (…). No quiero decir que Adam fuera otro Jesús. Lo que digo es que en la vulnerabilidad de Jesús podemos ver la vida en extremo vulnerable de Adam como una vida con un significado espiritual supremo. (…) Adam llevaba en su interior una luz resplandeciente. Era la luz de Dios”.

A los 24 años Adam ingresa a la ‘vida pública’ en Daybreak, la llamada “Comunidad del Arca” donde su signo distintivo es el amor con que conviven los discapacitados y sus cuidadores, una verdadera comunidad de ideales personalistas. El Arca es una federación internacional de comunidades, basada en las bienaventurazas y fundada por el canadiense Jean Vanier en 1964. Allí, bajo este espíritu, Henri conoció a Adam y permaneció junto a él con algunas intermitencias hasta su muerte ocurrida a los 34 años. Y ya su vida no pudo ser la misma. “Vivir cerca de Adam y de los demás me había aproximado a mis propias vulnerabilidades. Si bien al principio parecía muy claro quién era discapacitado y quién no, la vida juntos día tras día desdibujó las fronteras. (…) Y cuando tuve el valor de mirar con mayor profundidad, de hacer frente a mis necesidades emocionales, a mi incapacidad para rezar, a mi impaciencia y a mi nerviosismo, a mis inquietudes y temores, la palabra ‘deficiencia’ empezó a cobrar un significado completamente nuevo. (…) En este ambiente amable, afectuoso, sin rivalidad, sin que nadie destacara sobre los demás y sin mucha presión para distinguirme yo mismo, experimenté lo que no había podido ver o experimentar con anterioridad. Me enfrenté con una persona muy insegura, necesitada y frágil: yo mismo.

Desde este punto de vista aventajado, comprendí que Adam era el fuerte. Siempre estaba allí, callado, tranquilo y estable en su interior.

El camino de la sanación para Henri y para los que compartimos su historia, había comenzado a través de Adam y de toda la vulnerabilidad que él encarnaba. Como Quirón remotamente y como Jesús cercanamente, Adam había venido a este mundo para cumplir una misión especialísima: anunciar con su vida el misterio maravilloso de saber que somos queridos, amados, completos, independientemente de nuestras capacidades y méritos, y todo ello porque Dios es nuestro padre. Tras su joven muerte, su mensaje se amplificó, nosotros lo divulgamos y él renovó desde su discapacidad el anuncio de que la salvación viene siempre de la mano de la cruz de otro.

Adam vino, sencillamente, a curar nuestras heridas y a reconciliarnos con ellas porque su cuerpo roto sembró semilla de vida entera y nueva en la resurrección a que todos estamos llamados. Pero su misión no ha terminado porque es necesario que muchos sean sanados por su contacto, y porque “el amor no acaba nunca”, como el amor y la vida de Dios. Antes de morir Jesús dijo: “Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré; (…) Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa”.

A la luz de este relato que se me dio un día a conocer, yo misma ya no pude ser la misma ni pensar lo mismo ni sentir lo mismo, porque también había sido ‘tocada’ por Adam, aunque no tuve su contacto físico. No fue necesario, la imaginación lo suple en gran medida y mi empatía con él fue inmediata. Pero a la vez cada uno puede hallar en su entorno cercano a su propio ‘Adam’, y si no lo tiene a mano debe buscarlo hasta encontrarlo, quizás un pobre, un enfermo, un inválido, un amigo perdido, pues la vida ha sido generosa y nos ha bendecido con estos seres de aparente minusvalía que nos salvan desde su dolor.

“Todos los que lo tocaban quedaban curados”, decían los apóstoles de Jesús. De la misma manera, “el tocar pobre”, en la rica expresión de Carlos Díaz, debería ser la piedra angular para una vida con pie en el peso del amor. Aunque aquí no sirven las recetas, ni los mandatos éticos, ni las conclusiones discursivas, sino lo que cada cual pueda elaborar en la intimidad de su corazón, acatando el tiempo interior que espera paciente el acuerdo con el Tú infinito que un día llegará iluminado por la luz de uno de estos seres de luz. Ellos están ahí, son ‘el acontecimiento’ que la vida nos ha preparado.

Termino, no con conclusiones (las dejo a cada uno), sino con este testimonio que escribió Nouwen tras la muerte de Adam:

“Este es el hombre que me ha puesto en contacto más que ningún otro, conmigo mismo, con mi comunidad y con mi Dios. Éste es el hombre que se me encomendó cuidar, pero que me metió en su vida y en su corazón con una fuerza increíble. (…)

Este es mi consejero, mi maestro y mi guía, que no pudo nunca dirigirme una palabra, pero que me enseñó más que ningún libro, profesor o director espiritual.

Este es Adam, mi amigo, mi querido amigo, la persona más vulnerable que he conocido y al mismo tiempo la más fuerte. Ahora está muerto. Su vida ha terminado. Su tarea está cumplida. Ha regresado al corazón de Dios, de donde provenía”.

Sólo me pregunto en voz baja, ¿cuántas veces en la vida habremos dejado ir a ese ‘sanador herido’ que Dios nos tenía destinado?


Extracto de PERSONA y Trascendencia
Tras el vestigio del “sanador herido”
Inés Riego de Moine

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