Tras el vestigio del 'sanador herido'.

Varios/Otros


1. Los vestigios

La exuberante tradición mística, en especial la del cristianismo, nos ha dejado un legado grandioso de sabiduría y experiencia escrito al paso de los siglos, que aún está a la espera silenciosa de quien se anime a ‘descorrer sus velos’. Como hemos señalado en investigaciones anteriores2, el decir de los místicos que osa expresar la vivencia directa del encuentro con Dios tiene una relevancia fontanal a la hora de hacer una hermenéutica de la historia de la trascendencia religante que habita a la persona, y por la cual el personalismo ha recibido hondísima inspiración en el siglo XX. Para constatarlo, no hay más que recorrer el itinerario filosófico y vital de un Emmanuel Mounier o una Edith Stein, por sólo dar un ejemplo.

Pero ahora quiero circunscribirme a un aspecto especial de este legado místico que tiene que ver con la figura del ‘sanador herido’, cuyo drama y sentido se hallan encriptados en los vestigios que están a nuestra mano y que pueden ser decodificados desde la conciencia expandida de la razón cordial. En primerísimo lugar, sin duda, es Jesús de Nazareth quien encarna para nosotros el mayor símbolo del ‘sanador herido’, hecho que parece no haber concitado demasiado la atención a filósofos y teólogos, aunque los cristianos ‘sepamos’ de sobra que Él es el Salvador, el ‘sanador de sanadores’ por excelencia, y el ‘herido’ que más influencia ha tenido en la historia de los últimos dos milenios. La paradoja de su grandeza divina encerrada en tal vulnerabilidad humana fue ofrecida al tiempo esencial del hombre como misterio superador de la razón, desde el Kairós y el Kerygma que significó la encarnación del Hijo de Dios, tras su pasión, muerte y resurrección.

Sin embargo, ya antes de Cristo, la mitología griega había intuido la presencia de esta paradoja en que el hombre se refleja creando el mito de Quirón, más conocido como el mito del ‘sanador herido’, que porta una lectura de la realidad humana y un mensaje puntual para el hombre de aquel tiempo, como lo hicieron todos los mitos, pugnando por expresar lo que todavía el logos no sabía decir. Vale aquí recordar que el antiguo logos siempre estuvo aliado al mythos, y que recién con el advenimiento de la modernidad que autonomiza la razón se produce su divorcio definitivo, aunque no nos cabe duda que el mundo del mito y su misterio así como el de la mística siguen sugiriendo caminos de sabiduría, quizás hoy con fuerza inusitada. El mismo origen etimológico de las palabras ‘mito’, ‘misterio’ y ‘mística’ delata su sintonía: las tres derivan del verbo myo-múein, que designa el cerrar los ojos o la boca ante la contemplación de algo no claramente penetrable por la mirada humana. “Abrir y cerrar los ojos, el muein helénico, implica pues una cierta experiencia de esa realidad, que comporta, progresivamente, una cierta posesión de lo que la realidad sea”3. De ahí que los tres términos, mythos, mysterion y mystikos -emergentes de la misma raíz griega mu-4, sean cruciales en nuestra heurística pues remiten a lo que se oculta, pero para ser revelado.

El mito de Quirón que permaneció velado, sin hermenéutica alguna durante siglos, renace significativamente en el siglo XX cuando la psicología jungueana lo saca a la luz -y quizás cuando el dolor de la humanidad más lo requería-, arrojando una lectura necesaria para la reflexión terapéutica y antropológica desde esa maravillosa constelación de saberes en que la psicología fecunda a la filosofía y viceversa, hecho tantas veces olvidado. Y como dato curioso de esta historia, el pequeño planeta del sistema solar “2060 Quirón”, es descubierto también recientemente, en 1977, orbitando entre Saturno y Urano. ¿Y por qué Quirón? Porque su condición de planeta menor, mitad asteroide, mitad cometa, lo vincula analógicamente al centauro mitológico Quirón, mitad hombre, mitad caballo. Así, desde su descubrimiento, se convino en llamar ‘centauros’ a los demás objetos cósmicos descubiertos a posteriori y similares en su naturaleza al planeta Quirón. ¿Tendrá algo que decir el espacio estelar al espacio interior humano, a ese microcosmos que decimos ser?

Persistiendo en nuestra búsqueda, a la mística y la mítica se une un tercer vestigio que me animo a calificar de ‘vivencial’ con toda la significación que esta palabra encierra: desde la más simple, la experiencia de vida que se narra arrojando un sentido y una ‘identidad narrativa’ -aunque no siempre simple en su hermenéutica-, hasta la más compleja, la vivencia que guarda la conciencia como material de base para la inquisición fenomenológica. Se trata de la historia de Adam, nuestro tercer ‘sanador herido’, un discapacitado intelectual que en su herida y su minusvalía revestidas del amor incondicional de Dios abre un horizonte insospechado de sanación comunional, magistralmente ‘develado’ por la pluma inigualable del teólogo y escritor Henri Nowen.

Pues vamos a desandar los pasos de nuestros vestigios -Quirón, Jesús y Adam- sospechando que no sólo ellos curan desde su herida sino que nos delatan, como arquetipos humanos, en lo más íntimo que albergamos en nuestra condición finita e infirme.

Arriesgamos entonces esta hipótesis: el enigmático mundo personal está colmado de un sufrimiento salvífico que no sólo se afirma como categoría antropológica universal -no olvidemos el estupendo homo patiens de Víctor Frankl5 o su precedente, el dolet ergo sum de Sören Kierkegaard6- sino que cada herida y cada dolor personal están dados y ordenados referencialmente al tú, como portadores seminales de sanación y salvación. De cómo se elabore personalmente cada herida radicándola en el amor incondicional divino, seremos capaces de saltar los límites finitos de la gravedad instalándonos en el espacio salvífico de la gracia.


2. Quirón, la herida redentora de la humanidad Cuenta la mitología griega que Filira (Phylira), hija de Océano y Tetis, fue acosada pasionalmente por Kronos, razón por la que pide a Zeus ser transformada en yegua para burlar así al dios. Pero advertido Kronos del engaño, se transforma en caballo y logra su cometido. De esta unión forzada nace un ser singular, Quirón, con figura de centauro, es decir, cabeza, torso y brazos de hombre y cuerpo y patas de caballo. La madre al ver el monstruoso ser fruto de su vientre, reniega de su hijo y Quirón crece en una cueva al amparo de los dioses Apolo y Atenea. De la mano de estos padres adoptivos, Quirón, contrariamente a sus pares centauros violentos y destructivos, se convierte en ejemplo de sabiduría y prudencia.

Conocía el arte de la escritura, la poesía y la música, pero ante todo, era reconocido como médico y cirujano, sanador y rescatador de la muerte, al cual consultaban héroes y dioses. Toda su ciencia devino tras un accidente fortuito que le provocó una herida incurable: un día, accidentalmente, Hércules hiere al centauro con la punta de su lanza envenenada en una de sus patas traseras, y siendo su condición inmortal, queda condenado a un sufrimiento perpetuo que no puede recibir alivio ni curación. Buscando remedio a su mal, comienza a descubrir el arte de curar pero, he aquí su mítica paradoja, mientras puede curar a otros no puede curarse a sí mismo. El sentido de su existencia se centró así en sanar a los demás y hacerse cargo de su dolor; la medicina actual le debe mucho y por cierto la palabra ‘quirófano’ (de Quirón, Kirón o Chirón), que significa ‘el que cura con las manos las heridas de otro’. El mito culmina con una nueva intervención de Hércules quien, movido por la culpa y su amor a Quirón, ruega a Zeus que Prometeo sea liberado de su martirio y le sea ofrecida su mortalidad a Quirón, con lo cual Prometeo se convierte en un dios inmortal mientras que nuestro centauro muere y es enviado al universo estrellado ocupando desde allí la constelación de Sagitario. Hasta aquí el mito.

Aunque el personaje de Quirón fue rescatado en la literatura por Dante en La divina comedia y por Goethe en su Fausto, entre otros, hubo que esperar el albor del siglo XX para que el mensaje encerrado en su historia adquiriera un claro sentido antropológico de la mano del psicólogo Carl Gustav Jung. En su lectura, Quirón es el arquetipo del ‘sanador herido’ siendo la polaridad su trama básica: el sanador lo es porque sana, pero a su vez está herido, lo cual constituye una paradoja existencial de rango universal que se encarna en cada persona, tanto en la que busca curar su dolor como en la que ofrece curación. Para llegar a este aserto, parte de su original noción de ‘arquetipo’ que se define como una imagen ancestral autónoma relacionada con motivos universales de las religiones, los mitos y las leyendas, que constituye junto a otras imágenes arquetípicas la estructura básica del inconsciente colectivo7. Pero lo inconsciente no implica necesariamente la fatalidad. Jung insinúa que hay un juego entre lo determinante del arquetipo y la libertad de la persona: “no se trata, pues, de ‘representaciones’ heredadas, sino de ‘posibilidades’ heredadas de representaciones. Tampoco son herencias individuales, sino, en lo esencial, generales, como se puede comprobar por ser los arquetipos un fenómeno universal”8. Asimismo, este carácter universal del arquetipo queda evidenciado en la paradoja de los opuestos que constituyen la psiquis -instintos y espiritualidad, afectividad y razón, miserias y grandezas, tensión entre bien y mal, vicio y virtud, dolor y alegría, angustia y esperanza, etc.-, los cuales deben ser integrados y armonizados si queremos llegar a ser ‘individuos maduros’. Aunque, como diría Miguel de Unamuno, el hombre ‘de carne y hueso’ es constitutivamente un ser paradojal y debe aprender a vivir con su insita contradicción.

El ‘sanador herido’ es por esta razón la figura arquetípica de la relación terapéutica, donde el analista ejecuta el arte de curar más allá de un método o una terapia puntual, involucrando todo su ser en ese acto y empatizando con la herida del paciente que le rememora y activa su propia herida devolviéndole así su percepción, de modo que paciente y analista se ‘pasan’ sus roles haciendo fructíferamente sanador el dolor de ambos. Jung, adelantándose a Carl Rogers y a Martin Buber9, ya sabía que ningún proceso terapéutico funciona sin el involucramiento de la subjetividad que implica la relación personal. “La psicoterapia y los análisis son tan distintos como los mismos individuos. Yo trato a cada paciente lo más individualmente posible, pues la solución del problema es siempre personal. (…) Frente al individuo no hay para mí más que la comprensión individual”10. Cuando relata su experiencia terapéutica nos dice que no sólo le da al paciente la oportunidad de encontrar un sentido a sus heridas, sino que se da a sí mismo esa oportunidad, reconociendo que en el fondo somos susceptibles de adoptar aquellas interpretaciones con las que estamos secretamente de acuerdo.

Ahondando en su trasfondo antropológico, ya fuera del pensamiento de Jung, Quirón se nos presenta como ese sanador herido que llevamos dentro todos, con mayor o menor conciencia, esa imagen interior de cada persona que se eleva a lo más alto de su espíritu tratando de comprender qué es lo que Dios quiere de ella y así, desde la comprensión de su misión, superar o asumir el dolor y la enfermedad que son parte sustancial de la vida personal. Mientras más se haya sufrido y madurado a través del dolor, más capacitados estaremos para sanar y ser sanados. Por eso también Quirón, anticipándose a la buena nueva evangélica, representa en cada persona a ese ‘sacerdote’ que el cristiano inaugura a partir de su bautismo11. El sacerdote porta todo lo que su preciosa etimología nos dice: él es sacer-dos, ‘don sagrado’ que cura, sana y salva.

Por eso no sólo lo es el sacerdote ordenado por la Iglesia en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino cada uno de los cristianos: “El bautizado deviene regalo sagrado para su prójimo, y por ello decir ‘sacerdote’ es lo mismo que decir ‘misionero consagrado del Espíritu Santo’”12. Y si misionero es quien porta una ‘misión’ con la cual establece un ‘com-pro-miso’ -ambos términos derivados del verbo latino mitto, enviar-, todos somos misioneros convertidos y enviados en misión salvífica.

No nos ha de extrañar pues que lo arquetípico inconsciente haya coincidido en elaborar en las diferentes religiones primitivas la idea de un sanador-salvador que libere al hombre de su situación de homo in-firmis, de ser infirme sujeto a enfermedad, física, psíquica o moral, debida a los múltiples condicionamientos inherentes a su finitud corpórea, al asedio del mal que hiere y provoca su libertad, o a su incapacidad de alinear su vida a las exigencias históricas y personales del espíritu. Pero ahora, a la idea de un sanador-salvador, que de alguna manera podría remontarse también al antiguo arquetipo del ‘héroe’, se suma la de estar herido o enfermo a su vez, condición ésta ajena a la fortaleza del héroe, con lo cual la lógica habitual parece enloquecer o quedar anonadada, sin respuesta alguna. ¿Quién, diría la lógica usual, estando herido podría tener el poder de curar?

Pues no es tan simple inferir tal consecuencia si interpretamos con Luis Cencillo, que “las manifestaciones del inconsciente y del subconsciente presentan una estructura y unos valores que concuerdan perfectamente con los de las manifestaciones conscientes, y como estas últimas son ‘razonables’, en el sentido de que se justifican lógicamente, se podría hablar de una lógica sub o transconsciente que no fuera necesariamente y siempre heterogénea a la lógica racional”13. Hay sin duda en Quirón un coeficiente de alogicidad que resbala por las mallas lógicas del discurso, pero no para caer en el vacío o el absurdo sino para inscribirse en una lógica distinta que ya comienza a insinuarse en aquel tiempo desde el centro cordial que nos habita: es la ‘lógica del amor’, propia del místico, más abarcativa y superadora aunque no negadora de la racional, que emerge libremente de la condición relacional y amorosa de la persona humana parada ante la presencia del amor divino.

Hasta este límite, el primer vestigio. Vamos ahora por nuestro segundo vestigio del ‘sanador herido’, para lo cual es necesario producir un salto hermenéutico del mito a la revelación, de Quirón, símbolo de la paradoja viviente de una humanidad enferma y redimible, a Jesucristo, el salvador herido de vulnerabilidad convertida en cruz por estricto amor al hombre, un salto que sólo el decir del místico puede producir a la altura que el tema lo amerita.


3. “El ciervo vulnerado”, la paradoja de la cruz La paradoja, como venimos viendo, siempre necesita ser iluminada, narrada, develada y, por supuesto, tuvo que ser un místico su develador. Un místico cristiano que puso palabras a lo indecible del amor divino del Hijo de Dios capaz del máximo sufrimiento y de la máxima entrega por puro amor a la humanidad. Así versificó san Juan de la Cruz la paradoja de la vulnerabilidad divina, que sólo su inconmensurable amor al hombre le puede infligir:

“Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma, al aire de tu vuelo, y fresco toma”.

La poesía, además de su patente belleza, contiene un altísimo significado místico que nadie mejor que su autor puede revelar: “Compárase el Esposo al ciervo; porque aquí por el ciervo entiende a sí mismo.

Y es de saber que la propiedad del ciervo es subirse a los lugares altos, y cuando está herido vase con gran prisa a buscar refrigerio a las aguas frías; y si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque viendo a la Esposa, herida de su amor, Él también al gemido de ella, viene herido del amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos. Y así es como si dijera: Vuélvete, esposa mía, a mí, que si llagada vas de amor de mí, yo también, como el ciervo, vengo de ésta tu llaga llagado a ti, porque soy como el ciervo, y también en asomar por lo alto; que por eso dice: por el otero asoma”.

El entorno hermenéutico del ‘ciervo vulnerado’ es el amor esponsal de los enamorados que, desde el veterotestamentario Cantar de los cantares, los místicos cristianos han elegido como el ‘icono analógico’ 17 del amor entre Dios y el hombre, cuando éste, movido por una gran fe en el misterio de Jesús -fe que se trasunta en amor-, busca anticipar mediante la experiencia mística el encuentro con Quien es objeto de su fe y su amor, sin olvidar que es precisamente ese Dios Persona quien lo buscó y amó primero.

Por eso, para Juan de la Cruz, Cristo es el Esposo amante y él la Esposa amada, la ‘consorte herida’ que, más allá de la irrepetible relación personal, simboliza a la humanidad entera necesitada del don y la caricia del ‘ciervo vulnerado’ porque “en los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos”. La clave radica en la com-pasión -el sentir con el otro- inherente al amor que de suyo exige reciprocidad, como toda relación amorosa.

Pero la diferencia estriba en la magnitud del amor que Uno y otro pueden dar: Cristo al hacerse hombre se humana y abaja a la condición finita -se hace humus, humilde- pero sigue siendo Dios y por tanto, en su infinitud, rebasa toda medida siendo su límite insondable para el hombre. En tanto, el hombre actual, herido de ‘poca fe’19, ni siquiera se asoma a su propia medida en respuesta recíproca al gran amor que Dios ya le ofrece sin medida: es el manikós eros -‘el amor loco de Dios para el hombre’- que desborda en la ‘locura de la cruz’ renunciando libremente, por amor, a su omnipotencia formal20. “Dios puede todo, menos forzar al hombre a que lo ame”.

Es por eso que Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, se manifiesta a la persona respetando su medida finita y, ante todo, su libertad. No se anuncia con trompetas ni en altavoz sino que “por el otero asoma”, con la humildad del ciervo buscando a su consorte herida. “Porque la contemplación es un puesto alto por donde Dios en esta vida se comienza a comunicar al alma y mostrársele, mas no acaba; que por eso no dice que acaba de parecer, sino que asoma; porque por altas que sean las noticias que de Dios se le dan al alma en esta vida, todas son como unas muy desviadas asomadas”22. Como las ‘asomadas’ de la vida cotidiana, en la que Dios apenas se asoma si el alma no se abre y desfallece ante su amor. Al igual que en el amor entre hombre y mujer, sólo cuando los enamorados se unen en un mismo sí el encuentro se consuma en un abrazo pleno. No es casual que el místico haya elegido la figura de los esposos para hacer un retrato fiel del ‘ciervo vulnerado’ enamorado de la humanidad, o mejor, de cada hombre y de
cada mujer, personal e íntimamente.

Y por fin dice el poema que nos ocupa: “al aire de tu vuelo, y fresco toma”, refiriéndose al aire como el espíritu de amor y al vuelo como la contemplación del éxtasis místico causada por este amor. Porque Dios no se comunica propiamente al alma por el vuelo, la contemplación o la visión mística, sino por el aire del vuelo, es decir, por el amor implicado en dicho conocimiento. “Y de aquí es que aunque un alma tenga altísimas noticias de Dios y contemplación, y conociere todos los misterios, si no tiene amor, no le hace nada al caso, como dice san Pablo (1 Cor., 13, 2) para unirse con Dios. (…) Esta caridad, pues, y amor del alma hace venir al Esposo corriendo a beber de esta fuente de amor de su Esposa, como las aguas frescas hacen venir al ciervo sediento y llagado a tomar refrigerio”.

En suma, Jesús está vulnerado porque nosotros estamos vulnerados, Jesús está herido porque nosotros estamos heridos, y su herida es doble: está vulnerado por amor y está herido por nuestro pecado que es enfermedad, por eso Él mismo se hace salvación y sanación para el hombre. Dijo Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” 24, y cuando uno no sabe lo que hace es porque está enfermo, alienado, actúa fuera de sí como un insensato, es ‘ciego y sordo’: el pecado no es otra cosa que la enfermedad del espíritu. Pero Jesucristo vino a ‘salvarnos’ que es lo mismo que decir que vino a ‘sanarnos’:
“En hebreo, salvación (yéchà) significa liberación total y en griego el adjetivo sôs corresponde al sanus latino y quiere decir devolver la salud. La expresión ‘tu fe te ha salvado’ incluye su sinónimo ‘tu fe te ha sanado’. Por eso el sacramento de la confesión se concibe como ‘clínicamente medicinal’ y la eucaristía, según san Ignacio de Antioquía, es ‘remedio de inmortalidad’”.

Pero ¿de dónde procede el poder sanador de Jesús? Precisamente de su herida, que no es cualquier herida sino la herida de su costado, donde tiene asiento su sagrado corazón. Como ha sabido entender Dietrich von Hildebrand, Jesús mismo en los Evangelios “nos concede penetrar en el secreto más santo e íntimo: se nos permite contemplar un destello de las heridas infligidas a su Corazón por la infidelidad sus discípulos o por la indiferencia de Jerusalén y del pueblo elegido; tenemos el privilegio de contemplar su tierno amor por sus discípulos, su continuo mirar a sus supremo sacrificio, su ansiedad, su soledad”26. Quien entra en el corazón herido de Jesús entra al sufrimiento de la humanidad entera a la que ama, pero a su vez entra a su misterio y a su remedio divino centrado en la cruz. Quien entra allí no escapa del mundo sino que lo penetra en su corazón, en toda su hondura y anchura. Ha dicho el teólogo irlandés William Johnston: “Afirmo de nuevo que el misterio de Cristo se centra en su cruz. Eso quiere decir que es el misterio de los pobres, los enfermos, los afligidos, los perturbados, los encarcelados, los moribundos y de todas las personas que sufren, con las cuales se identifica Jesús. Es el misterio del explotado, del manipulado, del aterrorizado, del oprimido.

Es el misterio de la guerra nuclear, del hambre, de la injusticia, de la angustia humana. Es tu misterio y el mío cuando sufrimos y cuando pecamos”.

Parece que a partir del misterio de la ‘lógica del amor’ que Jesús inaugura, sobre la mayor debilidad -la herida, el sufrimiento, la cruz- se yergue la mayor fortaleza -la sanación, la justicia, la salvación.

Cuando seamos capaces de comprender la unidad esencial entre la herida y la sanación que Jesús -el Maestro sanador herido- ha venido a entregar al mundo, nuestro modo de mirar, de vivir y de curar virará 360º convirtiendo nuestra centralidad actual, desviada, depauperada y confundida, en la centralidad del corazón, única revolución capaz de sanar al otro y a sí mismo desde el poder insondable del amor, tal como el personalismo comunitario viene proponiendo al mundo desde la voz inconfundible de Emmanuel Mounier.


Extracto de PERSONA y Trascendencia
Tras el vestigio del “sanador herido”
Inés Riego de Moine

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1 Comentario de lectores

14/09/2013

Mi humilde pretensión de ser un sanador,gira y gira en mi cabeza y mis sentimentos mas intimos,JESÚS,dijo así como yo hago vosotros haréis;más el abismo está frente a mi,como?como?...soy una persona con conocimientos terapéuticos propios de la sociedad en que vivo,y siento que lo otro es divino que lo de Jesús es divino . Es de esperar solo la vénia de Dios?podemos acceder a esta altura siendo como somos simples mortales dogmáticos? Mi mayor deseo,casi mi único deseo y tan inalcanzable quizás

juan desde Argentina